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Kain Shaffënsthrer

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Kain Shaffënsthrer

Mensaje por Kain Shaffënsthrer el Sáb 31 Ene 2015, 10:51 pm

*En primero lugar, una disculpa pero la ficha es demasiado larga y me pide ponerla en dos post.
*En segundo lugar, una disculpa por el exceso, pero ya había advertido que los turtaría con la ficha y el que avisa no es traidor.
*En tercer lugar, quiero aclarar que lo que ocurre en la historia de la ficha no es EN NINGUNA MANERA, algo provocado por Kain, mi personaje no tiene habilidades de ese tipo y el suceso narrado es provocado por el Pnj que aparece en la historia.
*En cuarto lugar, a los que lean la historia completa: gracias, estoy seguro de que la van a disfrutar y viene a aclarar el origen del objeto alrededor del cual gira la historia de mi personaje (una espada). A los que no quieran leerlo pues al final hay un breve epílogo que resume en parte la conclusión de la historia, pero es eso "un resumen de la conclusión".

Nombre de Personaje: Kain Shaffënsthrer.

Nombre del PB: Daniel Filth.

Apodo: El ilusionista. Aunque no es un titulo per se, sino más bien un mote que parecen otorgarle allí donde va tanto por la dificultad para pronunciar su nombre, como por su afán por jugar con ilusiones. No es un apodo que se haya ganado a pulso, sino una forma en la cual la gente se refiere a él a modo de un "ese de allí" señalado con el dedo.

Edad: 35 años.

Edad aparente: 35 años.

Género: Varón.

Orientación sexual: Pansexual: podría ser cualquier cosa, si le entran ganas lo haría con un animal o un cadáver, aunque, por lo general, el placer orgásmico Kain puede alcanzarlo solo mediante el sufrimiento ajeno.

Lugar de nacimiento: Kain vio la luz en una modesta casita, a las afueras de la mansión Nemter. Allí su padre; Shegron Shaffënsthrer, trabajaba de joyero para el barón de Nemter.

Raza: Humano.

Conocimientos mínimos:
- Sabe leer y escribir. Gracias a ello es un hombre culto con un conocimiento general bastante amplio.
- Tiene un amplio conocimiento de anatomía y medicina, impartido por el que fue su maestro durante veinte años y que le inculcó a la perfección las artes de causar dolor y sanar.
- Sabe hacer fuego y puede cocinar lo bastabte bien como para no morir de hambre.
- Tiene la capacidad de moverse sigilosamente. Algo útil cuando no desea ser visto.
- Sabe montar a caballo (aunque no le gusta hacerlo).

Descripción física:
No hay nada mas importante que la apariencia para llegar a tocar el alma humana:
sólo quién tenga porte suficiente para causar terror,
puede llegar a infundir en la mente humana la verdadera forma del horror.

"No puedo negarlo. Sí que lo vi. Me pareció alto, tal vez demasiado para alguien con aquella contextura delgada y frágil. Aún así, daba la impresión de que su cuerpo era más resistente de lo que parecía. No podría describir bien su contextura, iba cubierto con un manto negro y sumamente largo que le arrastraba a la altura de los pies, bastante sucio en esa zona, aunque no lucía deteriorado por el contacto con el áspero suelo. Llevaba botas, creo, me pareció distinguirlas cuando avanzaba, en un comienzo creí que había surgido de una de mis más horrendas pesadillas.

>Cuando entró al bar todos lo miramos. Era como un fantasma. Aquel enorme manto negro lo cubría de pies a cabeza, y el capote dejaba con suerte que pudiéramos apreciar sus ojos los que estábamos más cerca aunque... me arrepentí de haberlos mirado en cuanto se fijaron en mí. Eran dorados, amarillos intensos, no soy una persona que sea buena para percibir cosas, pero tengo que admitir que me di cuenta inmediatamente que aquella era la mirada de un hombre cruel. Pude apreciar sólo parte de su rostro, de piel pálida, era... Dios, era casi como si un muerto se hubiera alzado de la tumba.

>Permaneció de pie en el umbral durante un buen rato, mirándonos a todos, o esa impresión me dio. Creo que buscaba algo, o a alguien, pero al final no lo encontró, el tiempo ya no era normal, el aire estaba envenenado. Era sólo él y nosotros. Creo que si hubiera sido cualquier otra persona, vestida como él, todos habríamos reído. Pero él... él pudo congelar nuestros corazones, hacernos sentir miedo verdaderamente. No recuerdo bien lo que ocurrió después, me miró y sonreía, era una sonrisa torcida, despreciable, ojalá... ¡ojalá pudiera sacarla de mi mente!

>Levantó una de sus manos. Eso lo recuerdo bien. Me provocó el más profundo de los pavores, su cuerpo era un cuerpo frágil, pero que transmitía la energía del porte de los felinos, de los cazadores. Aquel hombre era un depredador, y todos nosotros éramos sus presas. Sentí el horror que me inspiraba el sentir, sentir que mi vida ya no me pertenecía, que estaba en sus manos y podía arrancarla con un sólo zarpazo.

>Llevaba una especie de recubrimiento metálico en la mano, me dio la impresión de que eran pequeñas navajas, brillantes y muy bien pulidas, imagino que afiladas hasta un extremo enfermizo. Ya no recuerdo más. Estar cerca de él era intoxicante, se respiraba el aire con pesadez, no sé quién era, pero después de que perdí la razón desperté y no había muchos sobrevivientes. No volví a verlo, y sinceramente, espero no volver a topármelo nunca más."

  • Cabello: Largo, hasta la mitad de la espalda, negro.
  • Ojos: Amarillos, profundos, brillan algo en la oscuridad (No, no son fosforescentes)
  • Contextura: Delgado, muy delgado. (De hecho casi podría romperse con un golpe)
  • Altura: Aproximadamente 1.75
  • Ropa: Un manto largo con capucha que lo cubre de pies a cabeza. Bajo eso camisa negra de lino y pantalones de cuero. Botas largas y negras.
  • Otros: Tiene una carcasa de metal que recubre su mano izquierda. Cada dedo acaba en una navaja muy afilada. La piel ha cicatrizado bastante sobre la carcasa y ya es casi imposible retirarla sin dañar la mano.
  • Imagen:
    Spoiler:
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Descripción Psicológica:
El peor dolor no es que el atraviesa el cuerpo,
Si no el que perfora el alma y cala en el ser, destruyendo la identidad.

Si hubiese que definir a Kain en una palabra, o sintetizarlo lo más posible, sólo habría una cosa que decir. Que es un perdido; no conoce barreras morales de ninguna clase, aunque tiene conocimiento perfecto de la ética, la moral y el orden social del mundo, no se rige por absurdas leyes impuestas por valores, para él no existe "el bien" y "el mal" en lugar de ello, se deja guiar por su propia razón, de acuerdo a los dictados tanto de su calculadora lógica, como de su instinto despiadado. Gracias a esto, en su mente muy pocas cosas son "pecado" y muchas cosas que la sociedad como tal no toleraría, son absolutamente normales y deliciosas para él. Es atípico: su extraña base moral lo sumerge en un mundo totalmente distinto al cual la mayoría de la gente está acostumbrada. Para él no existe remordimiento, culpa, piedad o compasión, tal vez eso no lo convierta en alguien agradable pero sí lo hace alguien sumamente peligroso.

Es tosco, cínico, brusco y sarcástico, si le es posible, dejará respuestas sin responder, o responderá a ellas con acciones. Su lenguaje puede llegar a ser una complicada jerga corporal que sólo él podría llegar a comprender. Puede llegar a convertirse en un desviado si la situación lo lleva a eso, se metería en una cama sin importar el sexo de quien esté al otro lado de las sábanas y llegaría al borde del placer sólo matando a su compañero de cópula, todas estas desviaciones - que no se molestaría en reconocer que lo más probables es que hayan surgido en alguna cama - tienen en la mente de Kain su propia razón de ser: Kain juega mucho con la sexualidad porque la gente normal siente aversión hacia el sexo. Quizás aversión sea una palabra que necesita matices, pero sí, es verdad, la gente normal rechaza todo lo que es de carácter sexual: En las sociedades, sobre todo en las sociedades occidentales, donde la religión se posiciona rápidamente como pilar de vida, cultura y forma de ser, la sexualidad es rápidamente marcada como un tabú, porque impide o dificulta la continuidad del culto. La gente aprende entonces a despreciar o rechazar todo lo que contenga un aspecto sexual tácito en este mundo normal, las criaturas como Kain, que disfrutan del sufrimiento ajeno, de matar a su compañero de cópula, son degenerados, desgraciados enfermos entregados a sus perversiones sexuales. Cuando esto se une a un sufrimiento o un dolor bien ejercido sobre la mente humana, las consecuencias pueden ser terribles. Por esta razón, siempre que necesita torturar a alguien, Kain prefiere usar sus manos, en vez de sus poderes, pero no para causar dolor físico: su mejor cualidad es causar dolor mental, es este el que puede llegar a trastornar realmente la mente de una persona.

Es cruel, sádico y profundamente malvado cuando la situación lo requiere, la muerte no le asusta, uno de sus más grandes miedos es el verse privado de su poder, y como todas las personas con poder, sólo desea una cosa: Más poder.

De mente rápida y ágil, es capaz de organizar tan sólo en segundos tanto estrategias brillantes, como soluciones a problemas aparentemente imposibles de responder. Cuando se fija un objetivo lo persigue con una decisión y determinación tal que es casi imposible detenerlo, entonces, no le importa si es su propio padre quien se interpone entre él y su meta, es simplemente una cosa: Un obstáculo. Sería capaz de vender a su propia madre tan sólo para conseguir sus metas y sortear los obstáculos en su camino.

Seco de carácter, retraído y tosco; no le agrada la gente, y en general la evita todo lo posible, a no ser que pueda sacar alguna especie de provecho de alguien, pero aun así, tras obtener lo que quiere descartará al ser utilizado sin pensárselo dos veces. Muy poco le interesan el dinero y las cosas materiales, su atención se centra en lugar de ello en dominar la magia hasta el extremo, conocer hasta el último hechizo existente, y utilizar ese poder para causar sufrimiento.

Es cínico, brusco y mentiroso, jamás se vio un embaucador más grande, su descaro raya en la mitomanía. Su misantropía es total, aunque sabe fingir muy bien, y hablar muy bien al mentir - pues sin duda, parte del buen hablar consiste en saber mentir con gracia - prácticamente no tolera otras formas de vida y rara vez conversa con alguien. Se consume en un odio tan grande que incluso a veces lo proyecta contra sí mismo: es por eso que en algunas partes, su cuerpo presenta profundas marcas de cortes y cicatrices que recuerdan a cualquier memoria lo agudo que puede llegar a ser el dolor.

Su mayor deleite es el sufrimiento de quienes le rodean. Impartir dolor es su meta de vida, y puede llegar a ser cruel, profundamente cruel cuando las circunstancias son propicias, una faceta suya que muchos que han logrado contemplar, pero pocos han vivido para relatar.

Otros: Aunque suene casi imposible de creer el corazón de Kain tiene consciencia propia. Producto de una poderosa maldición este puede hablarle a la Kain, de hecho lo hizo durante toda su infancia empujándolo hasta la locura. Su maestro insertó una placa mágica de metal en el pecho del ilusionista, lo que consiguió silenciar la voz del corazón. La placa puede ser sentida solo mediante el tacto y si se removiera o fuera dañada los efectos demenciales regresarían.

Kain adora comer carne humana, es una especie de apetito voraz que no parece capaz de saciar. De hecho, se comió a su propio padre, algo de lo que se jacta cada vez que tiene oportunidad.

Kain habla a menudo de "la diosa", que es en realidad la muerte. Aunque pareciera que verdaderamente la venera, en realidad es solo una mascarada cuyos conceptos pueden ajustarse solo a los caprichos del ilusionista para satisfacer su fetiche con la religión.

Miedo(s): Kain tiene terror de su propia imagen: si llegara a verse reflejado en un espejo o en otra superficie quedaría totalmente paralizado por el terror o probablemente sufriría algún ataque de locura temporal. También teme perder su poder.

Pasado:

Acto I:

El poblado, perdido en ninguna parte, era un lugar aparentemente carente de vida. Hacía mucho tiempo que las aves se habían ido, con excepción de los cuervos que de vez en vez podían darse un banquete con los restos de un fracasado experimento, lo cual hacía de aquel un hogar idea. Los pocos insectos y alimañas que pululaban por el lugar no eran, en absoluto, normales. Ciempiés gigantes del tamaño de un pie, venenosos como las más grotescas sabandijas, y hambrientos que devoraban casi cualquier cosa que se pusiera en su camino. Arañas del tamaño de una mano, sin pelo, sino negras como la noche, suaves como la piel de un muerto y con el vientre rojo como la sangre de los vivos. Durante la noche, las lechuzas se aventuraban a veces para cazar ratas y otras musarañas. Eran, sin embargo, víctimas frecuentes de emboscadas por parte de otros depredadores más hambrientos y grandes, por lo cual no era frecuente verlas y sus incursiones se limitaban a una por mes tal vez. Fue solo un sueño. Las calles estaban cubiertas de hojarasca reseca y ramas quebradas. La tierra se mezclaba con la seda de los arácnidos, formando una capa espesa en la que a veces se enredaban los otros insectos. Los senderos tenían un aspecto lúgubre y a pesar de que era pleno día casi, podía percibirse una mística oscuridad en el ambiente, como si una invisible nube se hubiera interpuesto frente al sol.  Las casas, con excepción de la biblioteca del poblado, en la que había muchos libros de remotos rincones del mundo con leyendas del pasado, eran de madera de ébano o roble, oscuras y siniestras. Los tejados eran de paja y las ventanas estaban rotas en casi todos los inmuebles. Al interior podía verse en ocasiones la luz de una lámpara o una hoguera. Normalmente durante el día el pueblo casi no manifestaba actividad.

Kain vivía en una de aquellas casas, o mejor dicho reposaba ocasionalmente allí. No solía detenerse en aquel recinto, sentía repulsión hacia aquellos que se hacían llamar nigromantes pero no merecían ostentar siquiera la primera letra de aquel título, de modo que evitaba su cercanía tanto como fuera posible pues los sentía inferiores a él (aunque no tuviera el más mínimo conocimiento de nigromancia). Había sentido la necesidad, sin embargo, de quedarse a descansar. El camastro duro y tosco había resultado cómodo, la ventana había dejado entrar la luz de la luna durante toda la noche y las estrellas habían observado al ilusionista durante gran parte del tiempo antes del alba. Kain, sintiendo que su alma se movía inquieta, había permanecido despierto durante largos instantes antes del alba. Antes del amanecer, había podido dormir y había tenido un sueño en el cual había contemplado a un hombre maduro de agraciadas formas. Lo había oído hablar sobre importantes cosas, pero ahora no podía recordar ninguna y, abatido sobre la cama, Shaffënsthrer sentía que había olvidado un importante detalle de aquel mensaje. Se sentó en el borde de la cama con tranquilidad y permaneció en esa posición unos instantes. Había sido solo un sueño, eso intentaba decirse a sí mismo. Desnudo de la cintura hacia arriba, deslizó la mano cubierta de filosas cuchillas por entre sus hebras de cabello. No se arrancó ninguna y su cabellera se deslizó suavemente hasta caer sobre su espalda blanca y huesuda. Suspiró. Había sido solo un sueño, sin embargo, algo le decía que tal vez no. Tenía una sensación amarga en la boca, como cuando la diosa imbuía en él una de aquellas sensaciones siniestras que se colaban en su alma. Sin embargo, no era obra de la diosa. Algo agitaba su alma. Se levantó y caminó hasta llegar a la mesa principal de la casa, que constituía uno de los únicos tres muebles del lugar aparte de la cama y un armario. Sobre la mesa había una palangana llena de agua, con la cual el ilusionista se lavó abundantemente. Tras limpiar su cuerpo, se cubrió con sus ropajes, colocando en último lugar la capucha y cubriendo su rostro, sumiéndolo en las tinieblas. Al abrir la puerta, la escasa luz del sol lo lastimó. Se cubrió con una mano. No había planeado marcharse durante las horas de luz, su intención original había sido dormir durante el transcurso del día hasta el caer de la noche y marcharse con las tinieblas. Pero su cuerpo se había mostrado reticente al sueño, rebelde y ahora aquel sueño había terminado por convencerlo de que, por mucho que se esforzara, no conseguiría dormir. Comenzó a andar y al doblar una esquina observó a dos aprendices nigromantes desconocidos intentando cerrar un trato sobre una pequeña criaturilla que esperaba en una jaula. Shaffënsthrer imaginó que sería otro necesitado de atención esperando para ser reconocido como una amenaza para el mundo. En su opinión, el mal atravesaba no esas patológicas necesidades de atención: cuando se es cruel de verdad, no hay necesidad de demostrarlo.

Se internó en el bosque. Esperaba no regresar.

Avanzó por entre los árboles cubiertos de corteza reseca y de raíces levantadas, árboles viejos y muertos, árboles siniestros cuyas ramas parecían manos de diabólicos demonios dispuestos a coger a una presa para despedazarla. Había visto una vez, hacía mucho tiempo, cuando servía aún a su antiguo maestro, un verdadero demonio. Había sido una de las experiencias más peligrosas que había tenido que vivir. Había visto muchas veces a aquellas bestias con anterioridad en los numerosos libros que había en las salas de su maestro, antes de su huída, después del castillo de Nemter.

Antes de todo, cuando todavía vivía en la torre del maestro, en la tierra que su maestro llamaba Seth-Hang, un nombre que le había venido en sueños y que significaba “campo yermo del olvido”. En las cercanías de la torre, algo hacia el sur, había una fuente corrupta que en el pasado había emanado agua pura y cristalina. Sin embargo, con el paso del tiempo, había sido maldecida y había terminado por ofrecer solo aguas ponzoñosas.  Cierto día, un demonio acudió a la fuente. Estaba en sus últimos momentos, seguramente tras un arduo combate, había encontrado la fuente y había intentado apagar las llamas de la muerte con el agua impura. Finalmente, en un desesperado intento por acallar los cercanos pasos de su final, había bebido gran cantidad de agua de la vertiente creyendo que el material corrupto lo regeneraría. El resultado fue una criatura bestial y salvaje que crecía a un ritmo acelerado, en unos pocos minutos había terminado por ser demasiado alta y se habían necesitado numerosos conjuros para derribarla. Desde luego él había permanecido solo como espectador mientras su maestro hacía todo el trabajo.

Afortunadamente, en aquellos bosques, perdidos en medio de la nada, en algún lugar de Anzus, el ilusionista no había visto Demonios. Saltó de una raíz a otra con una agilidad destruida por los años, pero suficiente para no caer, y cuando aterrizó en la seguridad de la raíz, donde podía contemplar una especie de montículo terroso, contempló una de las escenas más interesantes que había observado a lo largo de toda su vida. Una mano, una única mano, sedienta de aire y libertad, había surgido de la tierra. El ilusionista se ocultó inmediatamente tras el árbol y contempló en silencio la serie de acontecimientos que sucedieron al hecho. A la mano, siguió un brazo, al brazo un torso y al torso un cuerpo completo. Como si la tierra hubiese vomitado una aberración desde su agrio estómago, aquel hombre apareció desde sus entrañas, como una visión de horror. El ilusionista lo contempló primero fascinado, excitado y ciertamente muy curioso. Sintió que la libido le ardía y se vio de pronto en la urgente necesidad de destrozar algo, de oír crujir huesos, de sentir dolor entre las manos, de escuchar el llanto en sus oídos. En segunda instancia, se horrorizó. Comprobó con pavor que aquel hombre era aquel con quien había soñado.  Como si haber salido del suelo fuera totalmente normal y hubiera sido dado a luz en un mundo ignoto, el hombre se volvió y comenzó a caminar hacia la nada, como si buscara algo. Kain le siguió de cerca, con la curiosidad a flor de piel. Lo persiguió por entre los árboles, por debajo de las raíces y por entre las casas del emplazamiento de aprendices de nigromancia. Había vuelto más pronto de lo que había pensado, pero ahora no importaba, lo único que deseaba era saber quién era aquel hombre.

Cuando se detuvo, Shaffënsthrer lo observó desde su escondite cual amante cautivado contempla al objeto de su amor. Excepto quizá, que en las novelas románticas de Shakespeare los amantes no destazan a sus objetos amados.

Lo vio, lo escuchó cuando indicó que había descubierto que lo seguían y se mostró. Ni siquiera esperó a que aquel desconocido terminara de formular la pregunta sobre quien seguía sus pasos, simplemente salió a su encuentro. Había en el algo, un “no sé qué”, como diría Feijoo, que hacía que su intoxicante presencia resultara extraña en aquel lugar.

- Me estás siguiendo a escondidas -comentó el extraño - ¿Acaso no soy bienvenido?

- Muy por el contrario – comentó Kain aproximándose –. Cualquiera diría que perteneces a este lugar, excepto quizá por una cosa: nadie te había visto antes por aquí.

Shaffënsthrer se aproximó con cuidado hasta una prudencial distancia de dos o tres metros y desde allí contempló al recién llegado. El poblado seguía igual de muerto que siempre, el trato sobre aquella pequeña criatura parecía haber sido cerrado, pues el vendedor y el pujante habían desaparecido, al igual que el misterioso monstruo. En sus ojos, en sus pozos, Kain vislumbró un hallazgo: aquel no era como los comunes hombres, y decidió, interiormente, comprobar si su teoría era correcta.

Acto II

- Soy Vladimir - proclamó el desconocido. Y posteriormente soltó una cantidad de frases largas inconexas.

En sus ojos, en los pozos dorados de su rostro, en las luces de su anochecer, en los fulgores que irradiaban los destellos fríos de su mente, Kain percibió una realidad terrible para cualquiera, pero fascinante para él. No se descubrió el rostro, aunque se sintió tentado a hacerlo. La mayoría aparentaba no darse cuenta, ante situaciones como aquellas, entornaba los ojos, se llevaba la mano a la nuca y fingía recordar algo importante para escabullirse, pero Kain no ¿Por qué se iría? El mal conoce al mal, esconde la cara, atisba desde las sombras, busca la podredumbre para mezclarse con ella y hacerse más grande y aunque nadie lo vea está allí.

El calor le quemaba la nuca a través del manto negro, haciendo arder su piel pálida y blanquecina. Elevó solo un breve instante la cabeza para visualizar, tras él, el amanecer que, lerdo como un cetáceo, se erguía sobre la tierra muerta y yerma. Aunque la oscuridad arredraba, el cielo parecía muerto y las nubes no tardarían en cubrir la masa luminiscente que ahora lo molestaba. Shaffënsthrer lo sabía, se había percatado en cuanto Vladimir había abierto la boca para pronunciar sus primeras palabras y a medida que continuaba con sus condenas lo percibía con cada vez más claridad: Estaba loco.

No había mal en ello, al menos no para Kain que contemplaba a Vladimir con mucha atención. Para él, la locura no era algo negativo, sino muy por el contrario, revelaba nuevas perspectivas, liberaba al hombre de su yugo. ¿Cómo no volverse loco en un mundo donde el ser humano adora objetos de metal? ¿Donde puedes morir por una moneda? ¿Dónde, lo quieras o no, todo gira no en función del bienestar humano, sino de las ganancias, la política, las conspiraciones y la religión? Como dijo un poeta, la locura no es sino quizá la sabiduría misma que, cansada de contemplar las vergüenzas del mundo, ha tomado la razonable decisión de volverse loca. El ilusionista escuchó a su interlocutor titubear y murmurar para sí mismo un par de incoherencias y se aproximó para escuchar mejor hasta que estuvieron a casi un paso de distancia. Lo contempló entonces con más detalle: su cabello negro; sus ojos, no desorbitados, pero si penetrantes y profundos y tuvo la impresión de que aquel hombre, que parecía a simple vista una persona común, escondía más en su interior de lo que aparentaba. Estaba quizá frente a alguien que podía resultar un útil camarada… o un valioso instrumento. Y decidió probarlo.

El miedo es una reacción natural, Shaffënsthrer lo sabía, mucho se había dicho acerca del miedo, pero él lo conocía a fondo y sabía jugar con él. El miedo revela la verdadera naturaleza de las personas, su verdadero ser, su verdadera forma. El miedo lleva al sufrimiento, y el sufrimiento, como dijo un filósofo, es la ventana para ingresar al alma, solo a través del sufrimiento puede conocerse realmente a alguien. De modo que, para conocer a Vladimir, lo haría a través del miedo y el sufrimiento.

Hablaron largamente sobre la manía de los aprendices de aquel lugar de salir de noche. Un cliché ridículo, tenían la errónea idea de que eso los volvía “más malignos”.

Shaffënsthrer se relamió los labios. Parecía algo increíble. Aquel hombre frente a él, como una aparición, estaba expresando con palabras lo mismo que él tanto tiempo había pensado: los pobres ingenuos no usaban la noche ya como refugio ni aliada, sino como escondite.

Aunque Kain no estaba loco, tenía a veces, muy de vez en cuando, la costumbre de hablar consigo mismo también. No era locura lo que lo impulsaba, era la razón. En toda ideología la finalidad es la muerte: en la política es alcanzar el mayor poder y riqueza posible antes de morir, en la religión lograr la salvación para caminar hacia la vida eterna, pero Kain había ido un paso más allá. Él sabía que la muerte era el camino a la inmortalidad, la trascendencia en la mente ajena era la única forma de inmortalidad y de esta forma, la muerte se convertía en acto liberador del espíritu y fin último de todo propósito. La vida no era más que la preparación para la muerte. Desde luego, tan excéntrica forma de pensar tenía sus consecuencias, había noches y días en que la weltschmerz se le metía a Kain por entre los huesos y hacía estragos en su mente: hasta el más decidido de los mortales siente pavor de pensar que su vida tiene un único propósito: morir.

Dispuesto a averiguar cuanto pudiera acerca de aquel extraño, Kain tendió su mano hacia él, dispuesto a hacerle una jugarreta y sumergirlo en una ilusión solo para probar su temple. En aquel momento todo se volvió negro. A través del contacto entre ambas manos, Shaffënsthrer sumergió a Vladimir en un mundo de locura. Como a muchos antes, lo haría sufrir para descubrir su verdadera naturaleza. Lo que no esperaba, era lo que ocurrió a continuación.  El tiempo para Kain se detuvo. Todo se volvió negro para él también y por alguna razón, se sintió fuera de su cuerpo. Jamás lo había experimentado, pero cuando se sintió suspendido en el aire, entre la nada y el vacío, con los ojos ardientes contemplando el sol negro, lo supo: estaba siendo víctima de su propia ilusión. Como ocurrió, no lo supo. Pero descubrió de pronto que el sol, negro como un abismo y en el punto más alto del cielo, lo absorbía y tiraba de él como si lo hubiera enganchado con cadenas. Kain tenía pocos miedos, pero tenía muchos temores y en aquel momento, sintió temor.

Se supo succionado por el limbo de su ilusión, una ilusión poderosa y se vio y se sintió arder una y otra vez. Su cuerpo se desmembranó en miles de partes y volvió a armarse para arder otra vez y en el cénit de un sufrimiento como el que jamás había sentido, contempló el agujero frente a él. Negro como la boca de un lobo, oscuro como su más terrible pesadilla, el sol engullía el aire, el agua, la tierra y el fuego, el cielo ardía y los árboles soltaban sus raíces para ser devorados, el mundo era consumido y él, como todo, fue engullido.

Se sintió caer entonces desde una altura inconmensurablemente alta, en un grito desgarrador hasta estrellarse contra un suelo frío y húmedo, oscuro y terrible. Y allí, en un lugar para él desconocido, perdió la conciencia durante unos minutos hasta que, al despertar, se encontró en un lugar extraño. Estaba en una sala, una sala oscura de la cual, la única luz visible era una antorcha colgada en la pared, la cual ardía incansablemente con llamas endemoniadas entre las que surgían rostros y risas. La piedra de la pared, desgastada y roída por el tiempo, estaba envuelta en raíces que se movían y acomodaban constantemente, un grito de pavor se extendió en el aire y Shaffënsthrer dio un paso atrás tropezando con algo sólido. De esa forma, al caer, Kain supo que no estaba solo. Allí estaba Vladimir y, bajando su capucha, revelando su rostro blanco y huesudo como una calavera, Kain lo contempló sin comprender que había ocurrido.

Acto III

Si Vladimir tardó en comprender lo que ocurría. Kain tardó todavía más. Parte de él se negaba a aceptar la verdad, aunque la comprendía; mientras la otra parte, dudosa, indagaba en los resquicios de la memoria tratando de averiguar el por qué, esforzándose en encontrar un argumento que le dijera que no, que aquello no era posible. Como fuere, el ilusionista estaba más pálido aún de lo que ya era. Si lo que su mente dispersa empezaba a hilar resultaba ser verdadero, significaba que él estaba dentro de una ilusión, su propia ilusión. Pero había algo allí que no encajaba: la presencia de Vladimir Lecour, la momentánea calma que parecía haberse apoderado de la estancia ante la llegada de los intrusos, la extraña capacidad de razonar que poseían ambos.

Vladimir había estallado en cólera. Aparentemente aquel era su miedo más profundo, una prisión en la que había pasado gran parte de su vida. Había dejado muy claro que estaba en pleno uso de sus facultades mentales con su reacción. El sorprendido Kain no había tenido más remedio que dejarse arrastrar hasta la muralla y se sintió azotado repetidas veces por la furia del hombre. Aún así, su mente trabajaba de prisa, buscando entregarle una explicación coherente de lo que había ocurrido. Se sintió enjaulado al ver el techo de la estancia, igual que las paredes y el suelo: demencialmente estrecho. Volvió a la realidad al ser zamarreado por Vladimir otra vez. Las manos del ilusionista encontraron las de Lecour, forcejeando por liberarse de aquella presa, pero Kain no tenía fuerza suficiente. Su cuerpo era frágil, no estaba hecho para el combate cuerpo a cuerpo ni para los forcejeos, su magia era su poder más grande y la cercanía de Lecour le dejaba pocas posibilidades de liberarse.

El suelo tembló entonces bajo los pies de ambos y se escuchó un sonido sobrenatural. Kain perdió el equilibro durante unos segundos y se sujetó de Vladimir para no caer, luego se soltó y se alejó unos pasos aprovechando de poner distancia entre ambos. No había forma alguna de descubrir que era lo que seguía, si realmente estaban en una ilusión, el mundo ante ellos carecía de cualquier regla y estaba totalmente fuera de cualquier control que ellos pudieran ejercer. El suelo se ennegreció y las sombras brotaron de él, fantasmagóricamente reales, tanto que casi podían tocarlas cuando estuvieron al alcance de la mano. Como gotas de agua que caían de forma inversa, de abajo hacia arriba, las bolas de oscuridad se alzaron y se elevaron hasta alcanzar el techo, emitiendo lastimeros y hórridos gemidos que se perdían en una cacofonía incomprensible. Kain se encogió contra la pared y observó la oscuridad emerger desde el foso del abismo, para luego perderse en el foso del tejado y la habitación volvió a estar tan silenciosa y quieta como en un comienzo.

Es una ilusión – concluyó tras unos momentos de silencio –. Es una ilusión, estamos atrapados en una ilusión, pero ¿cómo?

Sus ojos se movieron inquietos de un lugar a otro, estudiando la estancia mientras agitaba suavemente la mano en dirección a Vladimir, como si con aquel gesto lo obligara a estar quieto y guardar silencio. Kain necesitaba pensar, tenía que meditar las cosas para comprender lo que estaba ocurriendo. Lo terrible de la situación, no era que estuvieran en una ilusión, sino que fuera una ilusión basada en los miedos de ambos. Aún así no lo comprendía, no entendía cómo era posible que ambos compartieran una ilusión.

Necesitaba pensar en voz alta, no para que Lecour lo escuchara, sino para escucharse a sí mismo y poder aclarar las ideas que rondaban en su mente. Se llevó las manos a la cabeza y se agarró el cabello con furia. No podía: si reconocía frente a Vladimir que había intentado sumergirlo en una ilusión se condenaba a muerte, no podía decirle que en realidad lo había atacado y algo había salido mal, si es que realmente era así. ¿Quién no le afirmaba que en realidad la ilusión no había resultado y Vladimir había utilizado algún truco para transportarlos a aquel horrendo lugar? Se pasó la mano por la boca y secó la saliva que escurría por las comisuras. Otra cosa que no encajaba: tenía la capacidad de pensar. Las ilusiones por lo general negaban esa capacidad para sumir al sujeto en el terror.

Se humedeció los labios, decidido a tratar de encontrar una respuesta y continuó.

He intentado hacerte ver una ilusión – apuntó con su dedo a Vladimir mientras razonaba. ¿Qué se le había escapado? ¿Qué detalle había olvidado? Había aprendido de su maestro hasta la perfección el arte del ilusionismo, él era el mejor y lo sabía, no cabía duda alguna. Los conocimientos que le habían transmitido eran absolutos y él los conocía a fondo. No puede combatirse una ilusión con otra, de modo que se podía descartar la posibilidad de que Vladimir fuera también un ilusionista. Las ilusiones desafían el espacio tiempo, por esa razón impiden a la mente razonar, son rápidas, precisas y aterradoras. Además de eso, una ilusión no permite otra clase de emociones que no sean las de terror: Kain sentía nervios y la comezón empezaba a molestarle en el tobillo diestro.

Es verdad – susurró muy bajo para sí mismo –. No lo es, no lo es. ¿O sí?

Contempló la estancia con detalle y contempló a Lecour. Ahí sus dudas se resolvieron: Lecour era la clave: la ilusión podía desafiar las leyes del ilusionismo porque estaba creada para reflejar los más profundos miedos. ¿Cuál era el miedo de Lecour? No podía preguntarle, desde luego, tan abiertamente, tenía que acercase despacio a la idea.

Creo, Vladimir – comenzó – que estamos dentro de una ilusión. La pregunta es ¿Cómo es posible?

Reflexionó unos segundos, siempre manteniendo la mano entre él y Vladimir para tenerlo a raya y evitar que lo sacudiera de forma furiosa. Moviendo los pies con pequeños pasos que lo llevaban a ninguna parte y lo trasladaban sobre el mismo punto de forma frenética e impaciente. Su lengua se movió inquieta entre sus labios resecos mientras su mente rebuscaba de prisa entre las lecciones que tanto había atesorado en su memoria. Recordaba cada lección con detalle, cada regla con rigurosidad, pero no encontraba la respuesta, ¿Por qué? Al cabo de unos momentos, su mente se iluminó.

¡Sí! – Agitó la mano, como si hubiera descubierto el mayor de los secretos del universo –. ¡Ya recuerdo! ¡Ya recuerdo!

Se giró hacia Vladimir con el gesto fruncido, la cara deformada de ira contenida y lo señaló con un dedo acusador mientras daba un paso al frente, encorvado como una alimaña masculló entre dientes palabras ininteligibles y dio un par de saltos pequeños.

¡Es tu culpa! – Masculló iracundo – ¡El ilusionismo por contacto es un arma poderosa pero no rinde frutos en mentes insanas! ¡Tú estás loco! Debí recordarlo antes, la locura deforma y troza la mente, los sentidos captan la realidad de una forma distinta y por eso la ilusión no puede ser captada en su totalidad.

Kain se giró sobre sí mismo, repitiendo los preceptos y las lecciones de memoria, cerrando los ojos y golpeándose la frente como si aquello lo ayudara a recordar mejor. Finalmente se detuvo en seco y mantuvo las manos en alto frente a Vladimir.

Ya recuerdo – volvió a susurrar y girándose hacia él ahora más calmo, recuperando parte de su compostura, procedió a explicarle –. Estamos dentro de una ilusión, señor Lecour. Lo estamos y es su culpa.

>Mi ilusionismo es ilusionismo por tacto, es muy efectivo, pero no trabaja en mentes que han abrazado la locura – continuó –. Esas mentes están dispersas, no pueden asumir en su totalidad la ilusión y la reflejan de regreso hacia el ilusionista. De modo que frente a eso hay dos posibles desenlaces.

Guardó silencio un momento y tomó aire antes de continuar.

La primera posibilidad es que cada uno de los involucrados sea víctima de una ilusión – siguió como si estuviera impartiendo una cátedra –, en ese caso, los afectados serán víctimas de las visiones por separado. La segunda posibilidad, y la menos común hay que agregar, es que ambos queden prisioneros en la misma ilusión. Por decirlo de algún modo, una ilusión compartida. Y henos aquí.

Se giró para contemplar la habitación demencialmente oscura, terrible y con decoraciones macabras. Una vez más, como momentos antes había ocurrido, el suelo tembló y se agitó bajo los pies de ambos. Las sombras surgieron nuevamente desde el suelo con chillidos espantosos y se perdieron en el techo. Kain se aferró a la muralla como si temiera caer por un precipicio invisible que se hubiera abierto de forma repentina en el medio de la habitación.

Atrapados – continuó cuando hubo acabado el temblor, contempló a Vladimir a los ojos –. En una ilusión de pesadilla, una ilusión basada en los miedos y temores de cada uno de nosotros, combinados para torturarnos y hacernos sufrir.

Golpeó la muralla con fiereza y tomó aire para calmarse. No podía ser peor: era como estar en el infierno, pero vivo. Desde luego que tenía ventajas, y ventajas había que decirlo, significativas, se conocía a sí mismo, tanto que en realidad no le sorprendía nada, sabía exactamente que esperar de aquella ilusión, por lo tanto cada cosa que ocurriría, cada espantosa criatura que apareciera, cada visión que lo sacudiera, era algo que ya tenía previsto. Nada sorpresivo podía ocurrir. Se giró de pronto hacia Vladimir y descubrió una horrible verdad: no conocía la mente de Lecour, y si estaban en una ilusión compartida, los miedos de Lecour lo atacarían a él también.

Aunque hay cosas que no me cuadran – siguió –. Por ejemplo esta habitación. Estamos atrapados, atrapados aparentemente de forma ilusoria, cosa que no debería ser posible. Las ilusiones por tacto como las mías no permiten esta clase de sucesos, lo que quiere decir, que esta no es una ilusión común y corriente.

Se giró hacia Vladimir por completo y se acercó hacia él, como acosándolo, violentándolo, forzándolo casi a hablar.

Dime, Lecour - murmuró entre dientes – ¿Cuál es tu más profundo miedo? ¿Cuáles son tus peores temores? Porque te aseguro que los encontraremos en este lugar. Oh sí, te aseguro que…

Su vista se nubló e hizo una pausa. Como perturbado y extrañado por el más raro de los acontecimientos, extendió la mano desprovista de cuchillas y la pasó suavemente por la piel de Vladimir a la altura de la frente, donde el varón se había golpeado con la piedra. Los dedos de Kain, suaves y huesudos, atraparon la herida. Presionó suavemente y retiró la mano para observarla más de cerca, los dedos estaban teñidos de rojo. Pensativo, llevó la izquierda a su propia nuca, donde se había golpeado al tropezar con Vladimir. Descubrió que sintió el dolor de pasar las cuchillas por la carne herida y contempló su sangre manchando las navajas, roja como el cielo enarbolado de primavera. Reflexionó entonces y volvió la vista una vez más hacia Vladimir.

Estamos sangrando – comentó pensativo –. Pero eso no debería ser posible, no deberíamos sangrar, no en esta ilusión, no así, no es posible.

Se llevó la mano a los labios y saboreó la sangre de Lecour. Golpeteó suavemente con los dedos y recitó algunas cosas entre susurros. Sus ojos se clavaron en la antorcha que colgaba de la pared y luego contempló el pasillo. Entonces una idea desventuradamente loca cruzó por su mente y se sentó en el suelo, con la expresión turbada.

No es una ilusión común – reflexionó –. Estamos sangrando. Es una ilusión que nos permite actuar en tiempo real, una ilusión en la que sangramos y sentimos dolor. Nuestro sistema cerebral sigue en funcionamiento asumiéndola como verdad. Eso quiere decir… dioses…

Hizo una pausa y se levantó agitando las manos, como si intentara explicar a Vladimir algo terrible.

Cuando un hombre es víctima de una ilusión la siente real – explicó –. Pero el cerebro, interiormente, sabe que no lo es. Lo asimila como un recuerdo, como un suceso ya vivido y de esta forma la ilusión puede penetrar en la mente y causar daño devastador. Pero si sangramos, sentimos y razonamos dentro de la ilusión, es porque nuestro cerebro la asume como realidad… en el fondo aunque seamos conscientes, no sabemos que estamos dentro de una ilusión – contempló a Vladimir, la conclusión era evidente, pero no sabía si él podía seguirle el ritmo a su razonamiento –. Quiere decir que podemos morir, morir de verdad. Si morimos aquí, nuestros cuerpos dejarán de funcionar. Por eso el tiempo parece haberse detenido, las ilusiones son visiones fuera del tiempo y el espacio, funcionan a la velocidad del pensamiento, si nuestra mente las capta como realidad, entonces tenemos solo dos opciones…

Se giró hacia el pasillo y lo contempló, acercándose levemente para otear lo que había allí. Pero no vio nada, el lugar estaba oscuro, invisible a ojo humano, incluso a ojo de elfo, lobo o vampiro. Era la oscuridad absoluta. Kain no quiso ni imaginarse que era lo que había allí. Miedo tenía uno o dos como mucho, pero temores, eso era distinto. Tenía cientos.

Hay una línea muy gruesa que divide el temor del miedo. El temor es racional, causa un pánico ligero frente a una situación determinada que se siente peligrosa o incómoda. El miedo es distinto, es terror, es horror, es quedarse de pie sin poder reaccionar, es volverse loco, caer en la demencia. Kain no podía recordar todos sus temores, pero sabía que esperar de aquella ilusión.

La primera de las opciones – concluyó –. Es sentarnos aquí a esperar que la ilusión termine. Lo que sería una pérdida de tiempo. Funcionando a la velocidad del pensamiento podrían pasar años o siglos antes de que eso ocurriera. Envejeceríamos aquí aunque nuestros cuerpos no se hubieran movido un centímetro y en el tiempo real hubiera transcurrido solo un segundo, moriríamos aquí decrépitos y olvidados, sin mencionar que el hambre acabaría antes con nosotros.

Hizo una pausa y suspiró, regresó con Vladimir.

La segunda de las opciones – siguió – es recorrer la ilusión y buscar una salida. Toda ilusión es un artificio señor Lecour, y todo artificio puede ser desecho. Pero debemos ser rápidos, nuestra mente trabaja deprisa y nos hará ser acosados por el hambre, la sed y el sueño, tal como si este fuera el mundo real.


Última edición por Kain Shaffënsthrer el Sáb 31 Ene 2015, 11:25 pm, editado 3 veces
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Re: Kain Shaffënsthrer

Mensaje por Kain Shaffënsthrer el Sáb 31 Ene 2015, 10:53 pm

*Una disculpa nuevamente pero la ficha sigue siendo demasiado larga. Tendre que usar tres posts en vez de dos.

Acto IV

Kain se llevó la diestra al entrecejo mientras usaba la izquierda como apoyo, cruzándola frente al pecho. Su actitud meditabunda no era tal, era en realidad un gesto de preocupación. Se mordió suavemente la comisura del labio inferior y pensó. Sabía ahora por qué estaban allí, el laberinto era el miedo de Vladimir, era su pesadilla en vida, había permanecido atrapado en aquel lugar dantesco durante quien sabe cuanto tiempo quien sabe por qué. Se imaginó, por unos instantes, como tenía que ser pasar una eternidad en aquellos muros, en un laberinto eterno que te mantiene encerrado en la desesperación. Era suficiente para que cualquiera perdiera la cordura, lo sabía, pero no podía imaginarlo, porque un requisito fundamental para comprender el propio estoicismo era enfrentarse a la situación. ¿Podría él? ¿Conseguiría cruzar el laberinto de Lecour y permanecer cuerdo tras hacerlo? ¿O moriría en el intento? ¿Sucumbiría a la muerte y haría el camino a la inmortalidad sin haber encontrado jamás la joya de la eternidad? ¿Sin que nadie lo recordara? Era una posibilidad, pues, tal como había dicho, en aquel sitio no se enfrentaba solo al laberinto de Lecour, sino también a sus propios miedos y temores, sus propios demonios. Lo que significaba sólo una cosa: se encontraría a sí mismo, y no podía haber nada peor que eso. No se sintió desvalido ni por un segundo. Cualquier cosa que pudiera encontrar ya la había enfrentado antes. Podía volver a hacerlo. Lo que realmente lo intimidaba era enfrentarlas todas juntas. Se volvió hacia el pasillo del laberinto, que le devolvió una oscuridad inquieta, terrible, profunda y asfixiante. No conseguía ver hacia el interior del corredor. ¿Qué habría allí? ¿Sería el inicio del camino hacia la salida? ¿Se extendería unos metros antes de terminar abruptamente en una pared sólida? Si aquel laberinto había sido diseñado para Vladimir, para mantenerlo encerrado y negarle el mundo exterior, ¿no era lo más lógico entonces que ellos no pudieran encontrar salida de aquel sitio? Morirían de sed y hambre vagando por aquella habitación de cinco metros cuadrados, arañando las paredes, desquiciándose mientras sus uñas se destrozaban en la piedra tratando de abrir un resquicio por el cual entrara el aire. Se sumergirían en las sombras tanto tiempo que les parecería entonces una tormenta abrumadora y añorarían la luz y la frescura del viento, las canciones del agua, la suavidad de las plantas. O quizá, tras atravesar mil y un peligros insufribles llegarían a la salida y contemplarían su liberación, se sentirían entonces más fuertes de lo que realmente eran, descubrirían que lo que había que temer en realidad no estaba en el exterior, sino en sus propias mentes. ¡Ah! Pero pobre insensato, ¡pobre iluso! ¡Pobre Shaffënsthrer! Él ya lo sabía, sabía que lo que tenía que temer realmente no estaba en los demás, sino en sí mismo y por eso al mirar la negra boca del laberinto, como las fauces de un lobo hambriento, sentía pavor.
Sus pensamientos se interrumpieron cuando Vladimir se le acercó de pronto. Se volvió hacia él con un gesto compungido de sorpresa, como quien descubre de improviso que no está solo sino que hay alguien a su lado. Lo observó a los ojos y por vez primera el rostro de Kain, huesudo, delgado y macabro como retrato de la muerte misma, no ofrecía un miedo terrible para los demás, sino que reflejaba la inquietud propia, el sentimiento de saber que estaba condenado: se le veía en los ojos, Kain no estaba convencido de poder salir de aquel lugar, si es que todo lo que habían razonado resultaba ser cierto. Para comprobarlo, por desgracia, tenían solo un método: debían internarse en el laberinto, y así descubrir si realmente se estaban enfrentando a una ilusión creada por ellos mismos.

Lo escuchó hablar, preguntar, rechistar, objetar y repetir cada una de las cosas que él había dicho, solo que esta vez hiladas en frases coherentes. Lecour lo había comprendido, es más, parecía, por su gesto, haberlo internalizado muy bien: estaban condenados, no lograrían salir jamás, morirían allí intentando encontrar la salida. Kain también lo sabía, pero no lo internalizaba aún. No lo aceptaba, su espíritu estaba confuso y turbado todavía. Era como aceptar que estaban padeciendo una enfermedad terminal y aquello tenía cinco fases: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Kain ya había pasado la fase de la negación, la ira había sido breve y rauda, vertida en Vladimir y descartada tan pronto como había acudido a sus labios. Después de todo, no podía culparlo de estar loco. ¿Quién sería capaz de mantener la cordura en un lugar así? Pero le sorprendía que la mente de Vladimir siguiera aún completa: ¿qué delirio más grande podía pensarse que pasar años encerrado en una prisión sin salida para luego saborear la libertad unos instantes antes de volver a regresar a ella?

Shaffënsthrer estaba actualmente en la fase de la negociación: esa que le decía que podía atravesar por aquello, pero no solo. Necesitaba a Lecour, que era el único capaz de enfrentarse a los miedos de Kain sin sucumbir; y Lecour necesitaba a Kain, el único capaz de enfrentarse a los miedos de Vladimir sin ceder. Los berrinches de Vladimir no lo inmutaban, pero el golpe... El golpe fue distinto. Llegó de sorpresa, no lo esperaba. Había pensado que, tras zarandearlo, Lecour habría sacado de su interior toda la ira acumulada que amenazaba con estallar en su alma: Vladimir estaba atravesando ahora la fase de la ira, o quizá cruzaba por todas al mismo tiempo, estaba loco, ¿quién podía saber lo que ocurría en su cabeza destartalada y desarmada, llena de incoherencias y demencias? ¿Tendría capacidad la mente de Lecour para reconocer sus propios miedos cuando, escalofriantes como la visión de un espectro en plena oscuridad, extendiéndose hacia él como hambrientos de pavor, se deslizaran a buscarlo para engullirlo y sumergirlo en un infierno vivo del cual no había salida alguna?

Shaffënsthrer pensaba todas aquellas estupideces mientras caía al suelo de espaldas, y cuando se estrelló contra la fría piedra, sintiendo que la espalda casi estallaba por el impacto, se acomodó de lado y se llevó la mano diestra a los labios. El inferior se había partido levemente por el golpe y la barbilla había comenzado a ennegrecer inmediatamente. Kain no servía para dar golpes ni mucho menos para recibirlos, su cuerpo era delgado y frágil, no estaba hecho para la contienda, algo que preocupaba en la actual situación. Sin embargo, el ilusionista no estaba resignado a ser una carga, sabía muy bien cómo combatir contra el miedo, pues lo utilizaba con frecuencia, pero también se sentía amedrentado: ¿Quién más terrible como enemigo que un viejo aliado, ese que conoce tus debilidades mejor que nadie, que sabe perfectamente bien como llevarte a ese punto en el cual, aterrado, no se es capaz de nada más que sobrecogerse, trémulo de horror?

Sus ojos se clavaron en los de Lecour con resentimiento, con ira y con una creciente ansia de venganza. ¿No era él el responsable de que estuvieran allí? ¿No era suya la mente fragmentada? Deseó, por instantes, haber podido matarlo y desollarlo, haberlo podido crucificar para que muriera lentamente a la luz del sol, devorado por las hormigas, o demente en su laberinto ¡Que muriera él con sus temores! Pero no, no podía, lo necesitaba para salir, para ser una vez más un ilusionista libre y, le gustara o no, tenían que colaborar. De modo que, con un gesto lento, deslizó el revés de la mano por el labio y limpió los rastros de sangre, tragando la poca que se había acumulado en el interior de la boca, entre los dientes y los resquicios que dejaba la lengua a los lados, donde las papilas gustativas saboreaban su propio elixir y se incorporó con lentitud, tratando de mantenerse tan sereno como fuera posible.  Estaba a punto de proponerle avanzar por el pasillo cuando la pregunta de Vladimir lo desconcertó.

Sí, lo era, uno de sus más constantes temores había sido, siempre, perder todo su poder, verse desprovisto del favor de la diosa. Pero no era posible. Se llevó la mano al pecho donde, bajo la casi invisible cicatriz y una delicada capa de carne, residía el objeto de su cordura, el artefacto metálico que el maestro le había obsequiado aquella noche en que su vida había cambiado para siempre. Era un círculo de no más de diez centímetros de diámetro, hecho en plata y con una abertura al centro. Estaba grabado con caracteres extraños que Kain había reconocido más tarde en Seth-Hang como la lengua de los muertos, casi olvidada, y aunque recordaba poco del diseño, sabía que aludían a la inmortalidad. No, la diosa estaba con él, lo sabía, en todo momento, incluso en medio de aquella ilusión y en aquel infierno, el favor de la diosa le sonreía. Kain era su adminículo, su más útil herramienta y ella no lo abandonaría en la hora de necesidad. Entonces se sorprendió, ¿Cuándo había pasado a ser una firme convicción en su mente lo que siempre había odiado tanto de los mortales? Desde luego que no. Kain nunca había creído en ella, jamás había tenido fe en la diosa, más que la fe de que le había entregado la excusa para fundamentar el sufrimiento ajeno, pero jamás la había reverenciado, excepto por conveniencia y para aterrar las mentes de los demás. Borró de su pensamiento aquella idea y entonces lo supo: Vladimir tenía razón, no tenían forma alguna de utilizar magia en aquel lugar, habían sido privados de sus poderes pues la ilusión actuaba según sus miedos. Aquel mundo ambos lo habían creado y sus reglas escapan de su control.

Sus ojos se revolvieron y rebuscaron a lo largo de toda la habitación, exigiendo una explicación: si cruzar aquel laberinto demoniaco era una locura, hacerlo sin poderes era por completo un suicidio. Jamás conseguirían siquiera pasar de la entrada que, como la negra noche, los llamaba a acercarse y morir.

- ¡No es posible! – Azló la mano, incapaz de aceptar la realidad e intentó conjurar su magia, pero no hubo reacción alguna, ningún hechizo brotó de sus dedos ni sintió la magia atravesar su cuerpo. Había perdido cualquier habilidad que poseyera en el pasado.

Agitado, se pasó la mano por el cabello, sintiendo que la desesperación empezaba a engullirlo. Sintió por vez primera algo similar a lo que sentían sus víctimas pensó, cuando ahogaba sus espíritus en las más profundas agonías. Que mala jugada le había dado el destino. Se sintió desesperar, pero no enloqueció, sino que mantuvo la calma y la mente serenas con un suspiro.

Si la ilusión reflejaba sus más profundos temores, era obvia aquella sorpresa, aunque no se la esperara.

- De modo – observó – que tenemos que abrirnos paso a través de nuestras propias pesadillas, y sin magia. Como simples mortales. Tomó aire y se irguió por completo. Reuniendo en su boca los restos de sangre escupió al suelo y pasó la manga por los labios, limpiando los restos de saliva. Él no iba a dejarse vencer por sus propios trucos. Era Kain Shaffënsthrer, señor de las ilusiones desde la muerte de Anthros, su mentor y no había en el mundo ilusionista más poderoso que él (o al menos eso creía). De modo que contempló el pasillo de dos formas totalmente distintas: primero con desafío, dispuesto a enfrentarse a lo que hubiera allí. Luego, con temor, consciente de su propia habilidad y de lo demencial de su propia trampa. Se encaminó hacia la abertura y se detuvo a cinco pasos de ella, tomando aire.

- Tengo que reconocer, señor Lecour – se volvió a mirarlo –. Que estoy atemorizado. Espero que no tenga temores muy retorcidos.

Se volvió y lo llamó con la mirada. Con una mirada llena de determinación, pero también de duda. Su estómago se retorcía. No tener magia no formaba parte de sus planes y ahora no tenía idea de qué ocurriría al ingresar al laberinto realmente. En aquel momento, el suelo se retorció con más fuerza aún y las paredes se estremecieron, el polvo se sacudió desde el techo y las sombras, deslizándose entre las rocas, ascendieron otra vez desde el suelo hacia el techo. La sacudida fue tan violenta que ambos perdieron el equilibrio y luego todo retornó a la calma.

La ilusión nos exige avanzar – opinó Shaffënsthrer – no podemos quedarnos aquí, debemos confiar en que encontraremos la salida. Avance Lecour, combatirá usted mis miedos, así como combatiré yo los suyos.

Esperó a que Vladimir se le uniera y volvió a girarse hacia la abertura en el muro. El brillo demencial de las antorchas en las paredes no menguaba, consumían un combustible inagotable e imperecedero y en ellas ardía el fuego de la locura. Shaffënsthrer observó entonces, por primera vez, que el túnel frente al cual estaban era en realidad un portal. Una abertura excavada en el muro que se internaba en lo profundo y cuyos bordes estaban labrados. ¿Quién los había hecho? Pues sus propias mentes. El ilusionista descubrió entonces que, en el marco del umbral, hecho de piedra, había grabada una frase, una frase muy conocida no solo para él sino para Lecour también, pues era posible observarla en algunos libros antiguos. Los caracteres estaban grabados de forma abrupta, no hundidos en la roca sino resaltados en relieve por sobre ella. Diseñados en forma diagonal, de modo que resaltaban por sobre todo el contorno y era muy fácil leerlos a la luz de las antorchas que les daban sombras que los aislaban del contexto. Las letras comenzaban en el suelo, a mano izquierda y se extendían hacia la derecha describiendo una semicircunferencia. La frase era corta y rezaba una sentencia que Kain sabía de memoria, pero que leyó igualmente.

“El dogma y ritual de la alta magia, no es para los valientes, ni los cobardes. Es para los que, ávidos de conocimiento, se reinventan a sí mismos para alcanzar el poder” – guardó silencio unos instantes y sonrió para sí mismo –. Irónico que la frase de advertencia de los libros que me entregaron el poder esté grabada en el umbral del túnel que me lleva a mi muerte. 

La estudió unos segundos más, dispuesto a esperar cualquier señal de la ilusión que le explicara el por qué de aquella macabra sátira. Pero no lo necesitó, pues sin ningún tipo de explicación lo comprendió: su búsqueda del poder había sido su ruina en tanto que había adquirido, mediante ella, las habilidades que ahora lo hacían enfrentarse a su muerte.

Amargo destino el que le tocaba entonces contemplar.

Pasó saliva y sintió que el trago era agrio. Se preguntó cómo se sentiría Vladimir en aquellos instantes. Aunque no estaba muy seguro de querer saberlo. Si él hubiera estado en el lugar de Vladimir, no estaba seguro de cual habría sido su reacción. Desde luego, no hubiera sido tan paciente como él. Estar loco quizá no era del todo bueno, pero permitía a Lecour percibir otros trazos de realidad y quién sabe, quizá incluso le dejaba asimilar las cosas con mayor velocidad: hay un placer en la locura que solo los locos entienden y la locura no es más que la razón que, contemplando el mundo a sus anchas, ha tomado la razonable decisión de volverse loca.

Adelante – instó –, quedarnos aquí no nos sacará más rápido.

Avanzó entonces Kain los pasos que fueron necesarios para llevarlo hasta el umbral de piedra y en el camino levantó las manos. Subió la caperuza para ocultar su rostro, tal como siempre había hecho. Estar encerrado ahí no cambiaba quien era y si quería salir cuerdo debía hacer acopio de toda la fuerza de su carácter. Entonces se arrepintió de haber avanzado, porque, cuando ambos pusieron el primer pie en el interior del túnel la oscuridad los engulló, como una tarasca gigante que engulle a su presa y Kain se sintió suspendido en un vacío sin nombre. El hombre siempre ha temido a la oscuridad, siempre ha temido a lo que le es desconocido y secreto, oculto, a lo que es diferente de él. Aunque Kain no se consideraba hombre ya, descubrió que quedaban todavía restos de humanidad en él, pues temió a la oscuridad que los rodeó. Sintió entonces que las sombras ya no eran sus aliadas, que la oscuridad quería herirlos e, inconscientemente, se pegó a Vladimir.

Se volvió hacia atrás y dio un brinco de sobresalto. Retrocedió unos pasos y giró la cabeza y el cuerpo en todas direcciones, desorientado. La habitación en la que habían estado durante todo aquel tiempo había desaparecido como si jamás hubiera existido, a donde mirara solo veía el espacio engullido por las tenebrosas sombras que no le permitían verse ni la punta de la nariz. Giró con la esperanza de encontrar un lugar al cual no hubiera mirado y se llevó los dedos a los ojos, comprobando que realmente los tenía abiertos y entre vuelta y vuelta sintió que perdió la noción de la dirección, olvidó donde era adelante y donde atrás y cuando extendió la mano para sujetar a Lecour, ya no lo encontró.

- ¡Lecour! ¡Maldito malnacido me has abandonado! ¿Dónde estás? - Bramó

Y en cuanto sus palabras hicieron eco en las paredes que ni siquiera veía, obtuvieron respuesta. Se elevaron primero como un murmullo en la oscuridad, como viejas cacofonías olvidadas en el tiempo que llevaban milenios esperando ser pronunciadas y se manifestaron entonces como risas demoniacas. Risas reales, de voces aparentemente humanas que retumbaron en las paredes y se grabaron en sus oídos. Pero no fue eso lo que realmente lo aterró, las voces que reían eran familiares y descubrió pronto con terror que era su propia voz y la de Vladimir las que se reían en el aire, provenían de ninguna parte y llegaban con ecos terribles. Carcajadas brutales que se mofaban de ellos y los desorientaban, y les siguió una luz, una potente luz que inundó todo el corredor. Era como un impulso. El túnel parecía una verdadera columna atravesada por un impulso nervioso que la atravesaba desde adelante y avanzaba por orden. La luz dorada comenzaba lejos, hasta donde la vista de Kain llegaba y se desplazaba rápidamente hacia ellos, pasando por su lado y perdiéndose atrás en la distancia, iluminando todo el túnel por unos segundos. Pero era toda la pared la que brillaba de forma enfermiza y desquiciante, y se iluminaba con palabras y letras en distintos idiomas y muchas eran aberraciones y obscenidades que Kain conocía bien. Leyó frases entre las que destacaban “Deseo tu piel” “Estoy hambriento” “¡Arderás!” “¡Muere!” y ya no siguió leyendo, pues las paredes se iluminaban cada cinco segundos, permitiendo una vista parcial del entorno y vislumbró no muy lejos a Lecour.

Avanzó hasta llegar junto a él y frente a sus pies descubrió que había un objeto enterrado en el suelo. La luz ocasional e intermitente permitió reconocerlo. Cada vez que el túnel se iluminaba con palabras letras y dibujos satanistas que Kain había visto hasta el cansancio en libros, pero que sentía por primera vez que actuaban contra él, el brillo se reflejaba en el metal bruñido y resplandecía con fiereza, mostrándose y evidenciándose ante los extraños que pululaban en aquel lugar. Kain se acomodó en cuclillas para contemplar de cerca el extraño artilugio enterrado en el suelo, en medio del túnel y luego se incorporó para contemplar a Vladimir. La luz, intimidante le permitió reconocer el lugar. Lo había soñado en su adolescencia y desde entonces siempre había sentido temor de encontrarse algo así en la realidad. Junto a cada destello llegaba un grito o un gemido ahogado, a veces las voces que gemían parecían estar a sus espaldas, a centímetros de ellos y a veces parecían estar a sus pies. Entonces, de improviso, un grito escalofriante y gutural se elevó en el aire. Era un grito de furia, un grito de odio, un grito largo y perfectamente audible que nació en lo profundo del túnel adelante, un grito demencial y totalmente aterrador.

Alguien gritaba, gritaba tanto como podían permitírselo sus pulmones y parecía el alarido de un demente antes de lanzarse a la batalla. El sonido avanzó rápido mientras el túnel entero se cimbraba y se estremecía en un violento temblor que los hizo perder el equilibrio, Kain se tambaleó y la luz que iluminaba las paredes con signos y letras se hizo más potente, tanto que casi los cegó a ambos y las palabras resaltaron entonces con mayor fuerza y se escucharon voces que gritaban a bajo sonido las maldiciones y las cosas escritas y todo avanzó junto con el grito para pasar sobre ellos y perderse atrás en la lejanía antes de comenzar de nuevo a avanzar más pausadamente.

Entonces el túnel recuperó su rutina original e inicial, con luces más escasas y débiles de palabras y signos acompañados de gemidos ahogados.

En el nombre de… – Kain sintió que su respiración se calmaba y entonces recuperó la serenidad perdida con el repentino clímax del túnel –. El túnel es culpa mía, lo siento. Lo soñé en mi juventud, aunque es mucho más tétrico de lo que recuerdo.

Se giró hacia Lecour y dirigió la vista al suelo. A los pies de ambos resplandecía una espada, enterrada. Kain se había aproximado a mirarla antes del clímax del túnel y no la había reconocido. Parecía una espada normal. 

Cógela tu – le sugirió a Vladimir –. Yo no sé usar esas armas, y prefiero la mía.

Blandió en la oscuridad intermitente del túnel las cuchillas que adornaban su mano izquierda y, dubitativo sobre el hado que les aguardaba a ambos ahora, esperó. Miró hacia el frente con pocas esperanzas. Se preguntaba si encontrarían en aquella ilusión de pesadilla únicamente desafíos que atormentaran su espíritu o si encontrarían también horrores más reales.

Prefirió no concentrarse en esa idea. No quería darle más ideas a su mente, pues ahora esta era su peor enemiga.

Acto V

Estaban solos en la oscuridad. Era como un juego a tres bandas en que, de alguna extraña forma, podía ganar la ilusión o ellos. Y solo esos eran los posibles resultados porque, aunque Kain no se había atrevido todavía a estimar sus posibilidades de sobrevivencia si Vladimir moría, sabía que sus expectativas de vida disminuían considerablemente si se consideraba la muerte de su acompañante.
Era la primera vez, en toda su vida, que Kain se sentía atado al destino de alguien más. En aquel momento eran uno, el loco y el ilusionista. Kain habría dado cualquier cosa por estar lejos de allí, pero sabía que solo en ellos residía la esperanza de salir con vida de aquel lugar.

Negra y amarga cosa la esperanza. Sentimiento turbado y necio, terco y nefasto, porque los hombres tienen esperanzas ahogadas. ¿Qué más terrible que la esperanza? Shaffënsthrer la conocía y había trabajado con ella, utilizándola para ahogar las almas de los demás y así hundirlos en las tinieblas. La esperanza es el último piso de seguridad que posee el alma antes de caer al vacío de la futilidad y el abandono del ser. Pero es también un sentimiento peligroso. Demasiada esperanza es peligrosa, poca es inútil. Ellos guardaban la esperanza suficiente para salir de allí, eran conscientes de que, de fracasar, les aguardaba solo la muerte. Y aún así era una agonía, pues guardaban la ilusión de regresar que les quemaba las entrañas y no les permitía aceptar lo obvio: que era esa, muy probablemente, la vez que más cerca habían estado ambos de la muerte. Tanto así que casi podían verla a la cara. Y estaba la oscuridad. La oscuridad se volvía inquietante, perturbadora en ocasiones, como si rodeándolos a ambos allí a intervalos sádicamente calculados tuviera la increíble capacidad de quitarles el aire y asfixiarlos por pausas. Aún a pesar de que no era permanente, pues los impulsos de luz que atravesaban el túnel continuaban viajando de un extremo visible a otro, se hacía intensa y envolvía tanto que había ocasiones en que Kain no podía verse ni la nariz. Se sintió por primera vez como una de sus víctimas y pensó que era esa incertidumbre la que los llenaba cuando sometía sus mentes. Aunque, en teoría, se sentía siempre preparado para todo, aquello había conseguido inquietarlo.

Shaffënsthrer no temía a la oscuridad, al menos no en un sentido amplio de la palabra. Pero lo ponía nervioso lo que podía haber en ella, pues conocía sus propios miedos y temores y sabía que, llegado el momento, muy probablemente no sería capaz de hacer frente a los horrores que su mente era capaz de crear. Había ocasiones en las que se sentía solo, abrumadoramente solo frente a aquella trampa de oscuridad y luz, y entonces sentía deseo de correr para escapar de sus propios fantasmas que parecían aparecer en las luces latentes de las paredes, huir hasta perderse en el final de aquel terrible y macabro túnel; otras tantas, se sentía en compañía de Vladimir y sabía que aquel pobre diablo podía ver tanto como él, entonces sentía que los peligros de las tinieblas no podrían alcanzarlo tan fácilmente, y sentía deseo de seguir con cautela para evitar caer en la demencia; pero había ocasiones en las que, exasperado, se sentía rodeado de una multitud inexistente de cosas, de personas, y de criaturas que ni sabía que su retorcida mente era capaz de concebir, entonces volteaba a su espalda y descubría que, en la oscuridad, estaba solo.

Kain amaba la oscuridad. La verdad era que muy pocas cosas inspiraban tanto deleite en su alma como las tinieblas de la noche. La oscuridad era un manto de cobijo, una seda que como cedazo nublaba la vista y retorcía el corazón. El espíritu se sentía vivo allí, quizás levantado por el amor a lo insano, a lo macabro, a lo no natural. Pero aquella oscuridad era tan intensa y perturbadora que su ser daba un vuelco cada vez que la luz atravesaba el túnel de lo terrible, de lo inefable, de lo inimaginable. Su mente vagó entonces en aquel momento hasta la noche en que, muchos años atrás, había soñado con aquel túnel: tan pavoroso como ahora lo había considerado, y al verlo frente a él de verdad, sentía que el sueño no había sido en realidad tan perturbador. No era posible describir con palabras la sensación de ahogo que era capaz de transmitir a su garganta. Pues cuando lo había soñado corría por él. Cada impulso luminoso había sido, en ese entonces, como la luz del paraíso en sus ojos. Y sus piernas latían con cada zancada que daba y con cada paso se acercaba más a su demencia. Corría ciego en la oscuridad a pesar de poder ver. Porque a pesar de que, en aquel sueño, la oscuridad era también interrumpida por la luz ocasional de los símbolos, conseguía ver a través de las tinieblas. Pero ahora no, en la ilusión el túnel era oscuro como su mente y cada vez que la luz se ausentaba no podía verse ni las manos. Su sensación de sobrecogimiento llegaba al máximo cada vez que la luz pasaba por sobre ellos y él alzaba la mirada para contemplar las palabras y los signos, veía en ellos el odio de su propio ser reflejado en su contra, la futilidad de sus fuerzas y sus poderes, que ahora, ausentes, no podían salvarlos ni brindarles consuelo. Deseo, muy internamente, haber nacido en otras circunstancias, para haber cultivado un cuerpo fuerte y resistente. En ese caso no hubiera temido a la oscuridad tanto como ahora, sabiendo que, si algo llegaba a presentarse frente a ellos, su fuerza no sería suficiente ni siquiera para hacerle un rasguño. Pero no era, en efecto, lo mismo que pensaba Lecour. Vladimir había dado en el clavo, cada mente era un mundo y Kain, aunque tenía que reconocer su espanto, no podía tampoco negar que todo aquello lo fascinaba. La magia latía en aquel lugar, con vida propia. Estaban dentro de una ilusión, una ilusión compartida. Un suceso que, extrañamente, tenía ínfimas posibilidades de ocurrir les había acontecido a ambos. Estaban siendo testigos de una maravilla del ilusionismo: estaban dentro de una fantasía que rompía los límites del tiempo y el espacio, y aunque eran conscientes de ello no podían escapar de su poder. Y tanto era el poder de aquella fantasía que, incluso, podía negarles sus propios poderes y habilidades y podía hacerlos sucumbir a pavores que ellos conocían, pero temían igualmente. Si había algo, sin embargo, con lo que Vladimir había dado en el clavo, era con la idea de que Kain era de aquellos que gustaban de comprobar las cosas por sí mismos.

Era muy cierto. Shaffënsthrer sabía que una causa estaba perdida solo cuando él intentaba y fracasaba. Una vez que asimilaba la idea de que el logro era imposible para él, aceptaba que era verdad.
Lecour tenía razón: tenían que confiar el uno en el otro sin dudar, era la única forma de salir de la ilusión con vida. Pero ahora, rodeado por la oscuridad, Kain sentía que era difícil confiar en él: la ilusión era reflejo de ellos mismos, el mal residía en ellos, ¿no formaba la traición parte de su propia naturaleza? ¿Cómo desobedecer a su propio ser, a lo que era? La juventud de Shaffënsthrer no había sido del todo normal, había terminado abruptamente durante su niñez para ceder paso a la adultez, y había ocurrido en el momento en que había utilizado un cuchillo para cortar la garganta de su padre y luego cuando había devorado su carne hasta saciar su hambre. Si había algo de lo que Kain se lamentaba, era que su madre no hubiera estado allí aquella noche, cuando el cuchillo había abierto el cartílago, dejando escapar la sangre y sus dientes se habían hincado en el hígado y el vaso, arrancando carne y tragando, sintiendo como el sabor dulce calmaba sus entrañas. Había sufrido toda su vida, siempre se había sentido vacío, y aquella noche había descubierto que su hambre era un hambre que no podía ser saciada, había comprendido que era hambre de muerte. ¿Y si ella hubiera estado allí? Entonces él podría haberle enseñado el cadáver, con la garganta abierta de forma perfecta, casi poética. Le habría compartido de las carnes muertas y le habría enseñado como hacer que el sabor perdurara en la lengua, porque aún ahora, casi veinte años después, todavía podía sentir el sabor. ¿Cómo habría reaccionado ella entonces? ¿Habría compartido su mesa? ¿Habría sentido el horror calar en su alma? 

Al contemplar con más detalle la espada, Kain descubrió que no era, como había creído en un comienzo, un arma con un diseño sencillo. Muy por el contrario, parecía ser un arma que había sido labrada con mucho esfuerzo. Seguramente forjarla había sido difícil y al contemplarla de cerca, la primera impresión del ilusionista fue que había sido fabricada por enanos. Desde luego, esto se debía a la creencia de Kain de que no había mejor habilidad forjando armas y armaduras que la de los enanos. Ignoraba que las formas toscas y fuertes de estos herreros son muy distintas a las suaves curvas del trabajo de los elfos.

En cuanto Vladimir sostuvo la empuñadura, Kain se levantó y se giró. Le había parecido escuchar un murmullo no muy lejano y sus ojos se clavaron en la oscuridad de la parte posterior del túnel. Mientras su compañero iba sacando lentamente la espada con un gesto muy pasivo, Kain contempló la lejanía del pasaje donde, en la distancia, la oscuridad se hacía impenetrable aún a pesar de los fugaces destellos de luz. Bajó la vista entonces lentamente y contempló el suelo y descubrió que no podía verlo. Había una densa y muy inapreciable niebla que se extendía a ras de suelo, casi sobre la roca, era terriblemente espesa y no permitía ver la piedra. El ilusionista pensó durante unos segundos que era como el vaho de una criatura repugnante, o como el hálito de un pantano lleno de podredumbre.
No sintió asco, desde luego, aquellas cosas no hacían sino inspirarle una ferviente fascinación.  Se inclinó muy levemente y trató en vano de apartar la niebla con las manos, la escena le recordaba por alguna razón una de esas macabras pesadillas que invaden la mente, durante aquellos días que conforman la calma antes de la tormenta. La mente es un órgano fascinante, de alguna forma siempre presiente el peligro y trata de advertir mediante señales y signos. Pero muchas veces nadie presta atención. Fue en ese instante, mientras rondaba aquellos pensamientos, que en la mente de Shaffënsthrer se produjo un chispazo, una luz destellante y cegadora que lo hizo ver la verdad y la realidad. Se levantó y se giró a la velocidad del rayo, casi en un salto mientras sus ropajes se enredaban alrededor de su cuerpo, extendió las manos para rodear los hombros de Vladimir, pero ya era tarde, él había removido el filo por completo de su prisión y también se había percatado de lo torpe que había sido aquello, pues a la acción de Kain se sumó la advertencia de Vladimir. Ambos permanecieron juntos en la oscuridad de la caverna, Kain podía sentir su propio pulso, acelerado y poco rítmico. Era irónico y en cierta forma gracioso: un par de desgraciados asustados en la oscuridad.

Y esperaron. El hombro de Kain estaba apoyado contra el de Vladimir, casi tocándose ambos, y los acompañaba el silencio. Los ojos del ilusionista estaban fijos en la penumbra, adelante del túnel, esperando casi ver un nuevo horror que se abalanzara hacia ellos ahora que Lecour tenía el arma en las manos, pero por muchos segundos que pasaron, nada ocurrió. Su mirada se extendió hacia la pared izquierda y con escrutinio contempló cada detalle: la seguían recorriendo como venas y arterias aquellas luces misteriosas que brillaban en el túnel, impulsos nerviosos, pensamientos parecían que viajaban a través de una red neural. Por alguna razón se sintió atrapado, y observado, pero no fue capaz de comprenderlo.  Observó absolutamente inmóvil la pared y su visión se desplazó con mucha lentitud hasta la pared derecha, donde como un reflejo estaba la misma imagen de la pared izquierda pero invertida. Y la niebla cubría sus pies. Volvió a clavar la mirada en el fondo, sintiendo que cada nueva oleada de luz era uno de sus propios latidos y el pensamiento que lo había envuelto en la cámara inicial de la ilusión se volvió realidad: añoró la luz y la claridad del sol para comprender qué era lo que estaba rodeándolos, para saber a qué se enfrentaban. Necesitaba saber, con claridad, que no eran sus miedos los que estaban allí, donde él no podía ver nada. Cada nuevo golpe de luz traía la imagen del túnel a sus ojos, sin ningún cambio aparente: seguían solos. Un escalofrío recorrió su espalda vértebra a vértebra al pensar que quizá, sabiendo lo que ellos pensaban, la ilusión había decidido tenderles su emboscada por la espalda y se giró de golpe casi en un salto. Se agazapó momentáneamente y observó el túnel a espaldas de ambos, con la mano izquierda lista para soltar el cruel arañazo y defenderse de lo que fuera que los amenazaba, pero allí no había nada en lo absoluto.

- Me siento como un insecto en una telaraña – le comentó a Vladimir -. Esta magia juega con nosotros, nos está acechando y sabe muy bien qué hacer para hacernos sentir que estamos siendo cazados.

Volvió a enderezarse y soltó un suspiro. Surgieron de pronto muchas dudas en su mente: ¿cómo podía tener voluntad propia la ilusión? Era lógico que les habían tendido una trampa, pues la espada no había sido otra cosa que aquello. Quizás de alguna forma la ilusión tenía voluntad propia. Pero no quería pensar en algo así, era demasiado terrible, significaría que estaba peleando casi contra un ser vivo e inteligente. ¿O acaso estaría alguien manipulando la ilusión? ¿Podía existir la posibilidad de que, de alguna manera, Vladimir se hubiera hecho con el control de la ilusión? No, no era posible, de haber sido así hubiera abandonado aquella prisión en vez de exponerse al peligro que significaba estar en un lugar así. Pero si ninguno de ellos estaba manipulando la ilusión, ¿Entonces quién?

- Lecour – murmuró de pronto Kain contemplando la distancia del túnel una vez que pareció que la supuesta trampa fue en realidad una falsa alarma –, creo que, por decirlo de alguna forma, la ilusión está viva.

Guardó unos segundos de silencio, tratando de asimilar él mismo lo que acababa de decir. Era simplemente una locura, pero estaba seguro de que era una posibilidad, aunque no estaba seguro del cómo. 

- La ilusión nos está cazando – explicó –, eso significa que, de alguna forma, está viva. O… quizá significa que alguien la está controlando.

Hizo una nueva pausa, tratando de pensar. Cuando habían caído en la ilusión no había nadie cerca de ellos, lo cual significaba, que si la línea de espacio-tiempo se había roto, en la realidad seguían solos. De esta forma, era muy poco probable que alguien se hubiera hecho con el control de la ilusión, requeriría una habilidad demasiado grande y Kain estaba seguro de que, al menos sobre la faz de la tierra, no había ilusionista más poderoso que él. De modo que quedaba solo la primera de las opciones: la ilusión había cobrado vida de alguna forma, a partir de los temores y los miedos de ambos. Entonces cobró un poco más de sentido la idea de la ilusión como un “laberinto”. La ilusión los había atrapado, ahora estaban dentro de ella, y para salir debían vencerla. Fracasar significaba morir, porque ella entonces los habría consumido. Aunque no sabía si su razonamiento era correcto, prefirió abandonarlo, quería centrarse menos en la teoría y más en la práctica y la actividad para encontrar rápidamente una forma de salir de allí.

Volvió a girarse hacia la parte frontal del túnel y contempló hacia adelante. Entonces ocurrió. Justo en el momento en el cual parecía que nada había ocurrido, cuando Kain había bajado su guardia y ya no estaba tan alerta.

El ruido de las cadenas no fue audible.

Cayó desde el techo, donde estaba todo en oscuridad total. La caída fue tan rápida que antes de que Shaffënsthrer pudiera reaccionar y darse cuenta de lo que ocurría él ya estaba frente a ambos. Era una cruz, había podido reconocerla de forma inmediata por la forma. Estaba fabricada con una madera negra, seguramente ébano, pues parecía densa y era muy oscura. En la oscuridad era casi imposible reconocerla, pero a la luz se hacía claro su aspecto robusto y tosco. Mucha gente no lo sabía, pero el ébano es una de las pocas maderas que se hunden en el agua por su gran peso y densidad. La cruz estaba fabricada con tres trozos de madera negra, dos de los cuales habían sido ensamblados a los lados del principal para dejar lugar a los brazos. No estaba pulida, de modo que los troncos conservaban todavía el astillado del momento en el cual habían sido cortados. Estaba sujeta por cadenas y al momento de quedar frente a ellos, las cadenas tiraron, deteniendo la cruz con un golpe seco y provocando que diera un pequeño salto para luego quedar suspendida frente a ambos.

La cruz estaba obviamente invertida, y tanto el objeto como su simbolismo eran culpa de Kain. El nigromante lo reconoció internamente de inmediato, siempre había sentido una fascinación por la perversión religiosa que habitaba en los corazones de los hombres y se valía tan seguido como podía de aquella arma para causar desesperación en aquellos que lo rodeaban. Comprendía bien la fe y sabía cómo funcionaban los mecanismos de la religión: la pasión espiritual y el fervor. Pero ahora se enfrentaba a algo distinto: ahora estaban usando su propia distorsión de la religión en su contra y estaba a punto de averiguar que se sentía vivir aquello en carne propia. En cada uno de los cuatro extremos de la cruz había una gruesa argolla metálica a la cual estaba sujeta una gruesa cadena. El metal era negro, aunque de un oscuro no tan profundo como el de la madera. En el centro de la cruz, había un hombre (si es que se le podía llamar así) que había sido sometido a terribles torturas: le habían cortado los párpados con un objeto de muy poco filo, de modo que la carne que rodeaba los globos oculares había sido lacerada a modo de “sierra”. Le habían extraído los ojos y la carne del globo ocular había sido abundantemente rociada con sal. El tabique de la nariz estaba roto y deformado hacia el costado izquierdo. Todo su cuerpo estaba totalmente quemado, la carne había cedido al paso de las llamas y se había fundido con la musculatura, dejando a la vista el rojizo sangriento. Sus manos habían sido fijadas a la cruz al centro de la palma con clavos de cuatro centímetros que tenían cabezas abiertas en punta inversa, de modo que la parte superior era una gruesa superficie de metal que se hundía en la carne y aseguraba con más firmeza la extremidad. Los pies habían sido inmovilizados con el mismo tipo de instrumento y habían sido atravesados los dos juntos sobre el madero principal. Finalmente, en la frente de aquel hombre, habrían grabado la inscripción: “K.S.V.L.V.I.”

El hombre había sido crucificado en la posición inversa, pero la sigla estaba escrita en su frente de modo que ambos pudieron leerla con claridad. Al azotarse la cruz en el aire los clavos se hundieron con más firmeza en la carne, arrancando todavía más sangre al ya maltratado cuerpo de aquel desdichado. Además de ello, la cruz, con las vetas en crudo y llena de astillas, desgarró la espalda del crucificado, provocando que los trozos de madera gruesa y resistente se hendieran en la carne con el movimiento y rasgaran piel y músculo. El resultado fue un dolor aterrador manifestado en un grito desgarrador que emanó desde la garganta del falso cristo. La cabeza de este, que quedó suspendida invertida en el aire desde la cruz frente a la vista de Vladimir y casi rozando nariz con nariz, se debatió en una agonía insufrible. De su garganta, entre los balbuceos de dolor y miseria, surgieron unas claras palabras que aulló con voz firme y que resonaron a lo largo de todo el túnel.

- “¡Señor, líbranos del mal!”

Kain dio un salto y tanto el corazón como el espíritu le dieron un vuelco ante aquella apostasía con la que, tenía que reconocer, había soñado muchas veces, pero que ahora que tenía frente a frente, lo horrorizaba de sobremanera, pues era usada en su contra. Su vista se clavó en la cruz, el hombre, la sigla y ascendió por las cadenas mientras el grito de súplica se elevaba en el aire. Las cadenas descendían directamente desde el techo de la cueva. Pero este era tan alto en todos los puntos que se hundía en las sombras y era imposible distinguirlo. De este modo, las negras cadenas se hundían en las tinieblas y desaparecían de la vista, dando la impresión de que aquel condenado había sido colgado directamente desde las profundidades de lo más oscuro y terrible del infierno y que ellos estaban justo debajo.

En cuanto la voz del crucificado menguó y su súplica se perdió en el aire, llegó un sonido todavía más aterrador. Kain tenía que reconocer que la súplica a Dios de aquel hombre había sido perturbadora y macabra, le había helado la sangre y lo había puesto nuevamente en guardia. Pero lo que vino, fue todavía peor.

Una vez más, como hacía tan solo unos momentos había ocurrido, las risas estallaron en el túnel. Su propia voz, junto con la de Vladimir, reía con fuerza, pero ahora era distinta a la primera vez que las habían oído. Las risas iban cargadas de un sentimiento terrible y espantoso, un sentimiento de crueldad y maldad, que afligía y encogía el corazón. Eran risas desquiciadas, con tonos agudos e histriónicos, risas desequilibradas, perturbadas, alejadas de cualquier signo de cordura: risas de dementes, y no hay nada más peligroso que un demente con poder.

En la cúspide de aquella cacofonía de burlas, cuando las voces alcanzaron su tono más alto, el túnel se estremeció con una fuerza violenta. Las paredes resplandecieron de forma cegadora y los signos se iluminaron con una luz centelleante que reveló todo el lugar. Las palabras parecían arder en un fuego hereje y maniático, digno del más terrible de los círculos del infierno. Los signos, ardientes y fulgurantes con bordes demenciales, irradiaron una sensación de ahogo permanente ante un poder que no podía ser abatido y mientras las risas restallaban en el aire de forma cruel y diabólica en el aire y el falso cristo lloraba súplicas y agonías en latín, el suelo se estremeció con una fuerza tan violenta que Kain perdió el equilibrio y cayó al suelo. Levantó la vista horrorizado mientras las luces de las paredes, brillando todas al mismo tiempo, ofrecían una vista completa y panorámica del túnel que los tenía atrapados. Sus ojos entonces, se clavaron en los vacíos globos oculares del crucificado que lloraba lágrimas invisibles mientras las cadenas se estremecían producto del violento temblor y provocaban que clavos y astillas le desgarraran todavía más la piel.

Levantó la vista al invisible cielo y la bajó una vez más hasta el túnel, donde las luces de los signos, todavía brillando al unísono, comenzaron a parpadear. Entonces el túnel quedó iluminado de forma intermitente y las risas cesaron, pero el temblor todavía continuó y al mirar hacia adelante al nigromante le pareció ver que el túnel se retorcía y se movía de forma violenta, como acomodándose y preparándose para completar el escenario con alguna desagradable sorpresa que hubiera estado reservando.

Intentó incorporarse inútil y vanamente, pues los bruscos movimientos del suelo se lo impidieron y las súplicas del hombre en la cruz se hicieron más frenéticas. Se debatía, lloraba y clamaba piedad de forma demencial, su cabeza se agitaba de forma desesperada de un lado a otro como si presintiera que algo terrible se aproximaba, y poco a poco, mientras el violento terremoto menguaba, la niebla comenzó a retirarse.

El proceso fue lento y angustiante, acompañado siempre por la voz del hombre que, hablando en latín, lanzaba berridos y aullidos sin detenerse, y por la intermitente luz de las paredes, cuyos símbolos brillaban ahora al unísono, ofreciendo una iluminación que desgarraba más profundamente el espíritu y la calma.  Una vez se hubo retirado por completo la niebla, Kain contempló una terrible escena: a la luz de las paredes, contemplar el túnel resultó ahora más sencillo y descubrió que, tanto el suelo como las paredes en las cuales estaban grabadas las palabras y los símbolos, y seguramente también el invisible techo, estaban hechos no de piedra sólida y fría, o ladrillo como él había creído. Sino que estaban construidos en un material rojizo y húmedo. Lucía abultado en muchas zonas y a la vista parecía viscoso y pegajoso. En varias partes poseía pequeños levantamientos entre los cuales residían hilillos de algo que parecía salivación o quizá un tipo extraño de baba de alguna clase.

Solo en ese momento Shaffënsthrer reparó en el nauseabundo aroma que los rodeaba, olor a muerte y descomposición. Las paredes y el suelo eran carnosos y el túnel volvió a moverse, aunque ahora con mucho menos fuerza. Aunque fue consciente de la verdad, no pudo asimilarla correctamente y se quedó de pie, petrificado observando y contemplando aquella revelación. Algo en su interior le decía que corriera y que no se quedara contemplando aquel túnel carnoso.

Observando con mayor atención descubrió que los extraños levantamientos, que eran muy abundantes, eran algún tipo de protuberancia carnosa, como las espinillas y los forúnculos de los mortales. Aquellos pensamientos lo invadían cuando descubrió, con horror, que uno de aquellos forúnculos se movía. A la luz intermitente del túnel asegurarlo podía ser difícil, pero era casi como ver en cámara lenta aquel pequeño trozo de carne agitarse desesperadamente de un lado otro. Había tenido razón: la espada había sido una trampa y ellos habían caído como inocentes insectos en ella. El forúnculo, por irreal que pareciera, se movía de un lado a otro y se agitaba como si estuviera a punto de estallar.

Pronto, a los movimientos del primero se unieron los de un segundo y un tercero, y antes de que pudieran reaccionar, todos los forúnculos que había allí se estremecían de forma violenta. El primero en sacar los pies del suelo fue el que Kain había divisado. Con un violento movimiento se separó de suelo y dejó ver una pierna delgada y larga que parecía más un hueso. La extendió y la dobló, apoyándola en el suelo y usándola de base para, con un segundo empuje, extraer la segunda. Eran extremidades largas, pero nada torpes. Tenían una base plana de tres dedos largos y huesudos que parecían ser los pies y cuando ambos estuvieron en el suelo, el forúnculo se levantó. Pareció entonces que era solo una barriga hinchada con piernas, recubierta de una piel gruesa y carnosa que palpitaba en ocasiones, carente de brazos, cabeza y cualquier cosa que no fueran las piernas.

Se tambaleó de un lado a otro ante la vista atónita de Kain y Vladimir y enfiló hacia ellos. En la piel dura como escama que lo recubría a ambos lados de aquel forúnculo andante, se abrieron zanjas, dos por lado, que, tras separarse, dieron paso a cuatro brillantes ojos de color verdusco. El túnel quedó completamente inmóvil mientras a la primera de las criaturas se unían dos más. A espaldas de ellos había también varias que ya habían conseguido levantarse y otras tantas en el suelo. La primera de ellas, siempre más adelantada y al parecer más despierta que las demás, enfocó sus ojos relucientes hacia los atónitos varones.
Aún a pesar de la intermitente oscuridad, cuando no había luz era posible distinguir los brillantes ojos de los forúnculos, pues brillaban con luz propia.

No me gusta cómo nos mira – confesó Kain mientras daba un involuntario paso atrás.

En aquel momento, ya fuera por el movimiento el sonido o el aroma, la bestia repulsiva pareció partirse por la mitad y se abrió en vertical, dejando ver dos largas hileras dobles de dientes y colmillos y emitió un sonido agudo y estridente que retumbó en todo el túnel.  Un lamentoso berrido de dolor se esparció en el aire en el momento en que, con un alarido, varias de aquellas extrañas bestias, que no podían ser reales sino solo producto de la imaginación de alguno de ambos (y Kain estaba casi seguro de que eran de elaboración propia), se abalanzaron sobre el falso cristo. Una de ellas estaba de pie junto a él y de su boca se extendía un largo órgano que parecía ser una lengua. Esta recorría la cara del crucificado y se internaba en los ojos, donde saboreaba tanto la sal como el sabor de la carne y la sangre. Otras tantas se habían ya encaramado a la cruz y se aferraban de la madera con las garras de las patas, que resultaron ser bastante resistentes. Los dientes se habían hundido en varias partes del cuerpo y los órganos terminaban siendo disputados a mordisco y golpe mientras, alentadas por el aroma de la sangre, muchas se iban uniendo al festín.

Entre el dolor y el sufrimiento que aquel miserable parecía padecer, su rostro se perfiló hacia los nigromantes en un aparente momento de cordura y les dedicó un gesto de agonía. 

- “¡Dios está en su sagrado templo!”

Kain fue el primero en voltear y comenzar a correr ante la macabra escena. Tenía los ojos abiertos como platos y sudaba frío del pánico. La bestia que les había gritado comenzaba a avanzar ahora hacia ellos y el ilusionista se regresó solo para coger del brazo a Vladimir y tirar de él para hacerlo reaccionar.

Shaffënsthrer, no muy dado a las cualidades físicas, corrió tan veloz como se lo permitieron sus piernas por el túnel, sin saber ahora si iba hacia adelante o hacia atrás. Había perdido el sentido de la orientación tras todo aquel terrible espectáculo.

Si en un comienzo había pensado en hacer frente a los horrores de aquella ilusión, ahora pensaba que era la estupidez más grande del mundo. El armatoste metálico que llevaba en la mano hubiera servido solo para arañar los traseros de aquellas cosas tras desechar los restos después de haberlos devorado. Volteó hacia atrás solo una vez y comprobó que la mayoría de los forúnculos había preferido acercarse a la cruz, donde se peleaban ahora los restos del falso cristo. Unos cuatro o cinco corrían tras ellos, casi a la misma velocidad que ellos huían.

Era una suerte que los bichos aquellos no fueran rápidos, o les habrían dado alcance y no habrían tenido oportunidad de defenderse.

Los ojos de los forúnculos brillaban y centelleaban en la oscuridad con el ansia de la presa viva entre las fauces. Pero Kain no estaba seguro de querer ser parte del menú. Volvió a voltear hacia adelante, no pensando en el amargo destino del hombre en la cruz, sino consciente de lo negro del suyo propio, el de Lecour. No reparó a ver si Lecour corría junto a él, pero supuso que así era pues al voltear hacia atrás no lo había visto en el suelo ni entre las fauces de aquellos bicharracos. Imprimió más fuerza a sus piernas, que comenzaban a sentirse ya fatigadas, tratando de pensar en dónde podría estar la salida de aquel lugar de pesadilla. Las paredes brillaban de forma intermitente sin mostrar esperanza alguna. El túnel se extendía y parecía no tener fin.

Cerró los ojos y los apretó con fuerza, tratando de dar más velocidad a sus cansadas extremidades, pensando que si aquel túnel no tenía salida alguna, entonces no había más remedio que esperar la muerte. Fue en ese momento en el cual, entre jadeos, divisó a lo lejos lo que parecía ser la entrada a una enorme cámara. Se abalanzó hacia ella, suponía que con Vladimir corriendo a su lado y con los bichos pisándoles los talones y al llegar a la entrada de aquel terrible lugar, se detuvo en seco: habían llegado a un punto muerto, estaban en la salida del túnel y el túnel daba a una especie de fosa de un tamaño inconmensurablemente grande e incalculable.

Era una especie de pozo circular, del cual podía a penas divisarse en la lejana distancia el fin, las paredes brillaban también con los símbolos y palabras, pero ni el techo ni el fondo de la fosa eran visibles. Era como un mar de tinieblas sin fin. Kain dio un vistazo hacia abajo y no pudo sino contemplar allá, en la profundidad el lugar donde se perdían las luces parpadeantes y todavía no se podía apreciar el fin de la fosa.

¡Hay que saltar! – Dijo de forma imperiosa a Vladimir, quien suponía estaba todavía a su lado, y sin mirarlo se volvió cuando el gruñido de las bestias se escuchó a sus espaldas.

Espoleado por el sonido terrible de la muerte que se aproximaba para devorarlo, Kain no lo pensó: solo saltó y se hundió en las tinieblas, sintiendo que comenzaba una interminable caída libre y casi palpando el cuerpo de la bestia que había estado a punto de darle una mordida y que caía a su lado.
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Re: Kain Shaffënsthrer

Mensaje por Kain Shaffënsthrer el Sáb 31 Ene 2015, 10:55 pm

*Realmente os pido una disculpa, no se cuantos posts me va a tomar esto... u.u

Acto VI

Caía. Kain podría haber sentido en ese instante un millón de sensaciones: el aire contra su rostro, la sensación de vértigo al alcanzar el punto más alto del salto y comenzar luego a caer, la energía que parecía recorrer su cuerpo a medida que descubría que el peso de su cuerpo lo empujaba hacia abajo, la adrenalina, pero lo único que hizo fue pensar en que estaba cayendo.

No fue una mala reacción, al menos no tan mala. Era, por lo menos, consciente de lo que estaba ocurriendo y tenía la facultad de concentrarse y pensar en aquella terrible situación, mucho más de lo que la gran mayoría de los humanos pueden hacer.

El abismo a sus pies se abría ante él como una boca terrible, como un pozo negro sin fondo que se tragaba todas las esperanzas que tanto él como Lecour habían abrigado de salir con vida de aquel lugar. Tenía la sensación de estar cayendo en una pesadilla que recién comenzaba y de la que no sabía si podría volver a salir. Se sintió, por segundos, perseguido, observado y cazado. Como la liebre que deambula por el bosque bajo la mirada atenta del águila o el lobo y que se sabe de pronto acechada, entonces corre en busca de su guarida para ocultarse del peligro. Kain no tenía a donde huir, mucho menos en ese instante que estaba en el aire, cayendo hacia quién sabe dónde. ¿Se estrellarían contra el suelo tras una larga caída? ¿Reventarían contra las paredes tras innumerables golpes? No podía decir que les aguardaba, ni siquiera sabía si podrían ser conscientes de sus muertes en caso de fallecer allí. ¿Cómo sería morir? ¿Lento e insufrible? ¿O veloz y pasajero antes de llegar al nido del alma y volver a regresar?

Había estado rodeado por la muerte toda su existencia, pero por primera vez le temía y al mismo tiempo la anhelaba con fuerza, para experimentarla, sentirla y disfrutarla. Volvió el rostro al recordar por qué se sentía cazado, perseguido y amenazado y se encontró con una visión horrible que lo perseguiría durante el resto de sus días y que, aunque no lo sabía aún, la recordaría por años y años. Allí estaba, Vladimir estaba cayendo con él. Kain iba primero y él lo seguía. No era extraño, había saltado primero por tanto era lógico que Vladimir estuviera a cierta distancia. Calculó por ella que Lecour se había tardado aproximadamente uno o dos segundos en saltar. Al filo del tiempo límite antes de que los dientes se le hundieran en la carne, probablemente. La expresión de Shaffënsthrer se volvió un gesto alarmado cuando descubrió que allí, detrás de Vladimir, la muerte se acercaba hacia ellos. El techo de la enorme fosa por la cual caían no era visible. Algo que decía a Kain dos cosas: primero, que era muy grande y segundo, que si era así lo más probable era que al caer murieran. Pero prefería morir aplastado o estrellado contra el suelo que devorado por las enormes masas de carne que, ahora, descubría que se habían lanzado tras Vladimir.

No debería haberlo sorprendido, aquellos forúnculos no eran más que bolas de carne y pocos huesos seguramente guiados solo por el instinto. Entre el parpadeo intermitente que desprendían las luces de los símbolos grabados por todas partes, la luz irradiada se reflejaba sobre los cuerpos carnosos, y ahora Kain descubría que también húmedos, de los forúnculos. Tres caían tras ellos, el primero de ellos se había arrojado de cabeza dispuesto a alcanzar con los dientes lo primero que encontrara. Sus piernas flameaban tras él como hilos de piel ajironada, los dientes relucían y la lengua asomaba por uno de los costados. Tras él iban dos más, pero estos no se habían arrojado como kamikazes, sino que habían saltado de forma más mesurada, por lo cual caían sus pies primero y sus cuerpos, o más bien dicho dientes porque gran porcentaje del cuerpo de las criaturas eran dientes, iban después.  Kain, en aquel instante, pensó en muchas cosas. Aquellos pequeños y adorables forúnculos carnívoros habían salido de su propia mente. A decir verdad, el túnel en sí con todos sus componentes no habían sido más que la representación gráfica y fiel de lo que el nigromante pensaba que debía ser una pesadilla hecha realidad. Es decir, una tortura. Prefería mucho más tener a alguien entre sus manos que ir por allí blandiendo una espada, como hacía Lecour. Él ya estaba viejo, no aguantaba esos trotes. Bastaba con decir que la carrera lo había agotado, respiraba agitado y se sentía hiperventilado, su corazón latía a mil por hora y sentía que todas las venas del cuerpo le iban a estallar.

Aquellas pequeñas cosas que caían en pos de ellos no eran nada más y nada menos que el peor temor de un hombre promedio: una criatura desconocida, hostil y repulsiva. Eso bastaba en general para acobardar a un gran porcentaje de los seres humanos. La mente humana es simple, Kain siempre lo había sabido. Pero también es cierto que hay excepciones a la regla y que, de vez en cuando, surgen mentes brillantes que logran hacer prevalecer la razón y la cordura por sobre cualquier rasgo de instinto. Aquellas eran las mentes de los grandes eruditos, para quienes el miedo y el temor rondaban en fantasmas más etéreos, incorpóreos y ónticos: la soledad, el qué del hombre, la existencia. A aquellos no los podías asustar con simple criaturas, porque no era por el cuerpo por lo que ellos temían, sino por sus almas. De modo que, ilustrados con aquellos rasgos, los forúnculos eran nada más y nada menos que la vulnerabilidad de los hombres expresada de forma material. Lo que realmente inquietaba a Shaffënsthrer era que él y Vladimir se habían inquietado profundamente, incluso más, habían sentido temor. ¿Qué sería de ellos cuando la ilusión abandonara las ideas nimias de la mente de Kain para pasar a aquellas verdaderamente más retorcidas? Se sintió, de pronto, incapaz de seguir adelante, consciente ahora de que, si daba más pasos, tarde o temprano se encontraría con las preguntas que a lo largo de su vida siempre se había hecho.

Hay tres clases de personas en el mundo: cada uno de estos “tipos” de persona, tiene un modo distinto de asimilar la vida. El primer grupo piensa que el sentido de la vida es la búsqueda inmediata del placer, es decir, la satisfacción aquí y ahora camuflada debajo de muchos disfraces pero con una única piel y un único lema: “Solo se vive una vez”. Este tipo de personas aborda la vida siempre buscando emociones y ansiando tener más. Los jóvenes por lo general entregados a la vida de goce y en edad luego más madura al consumismo ansían el placer y lo buscan, ya sea a través del cuerpo o la posesión de objetos materiales. De ese modo el hombre se convierte en un ser que ya no puede ser llamado animal y la razón es simple: las bestias están subyugadas a su instinto, por flexible que este sea no tienen más remedio que obedecer a él, pero el hombre, estando dotado de razón, al escoger la vida del placer elige voluntariamente ser una bestia.  Sin embargo, esto no es una coincidencia, la sociedad ha llevado al hombre a eso y en este grupo está gran parte de la gente por la simple tendencia a evitar hacer una elección: la gente teme tomar decisiones y elegir como vivir, por esta razón elige líderes que lo dirijan, dogmas religiosos que los coarten y leyes que lo regulen. El hombre es incapaz de hacer uso inmediato de su libertad, elige abandonarla porque eso hace de su vida algo más cómodo y ese es un problema filosófico que se remonta hasta los griegos, primeros en observarlo. Se resume de la siguiente forma: el hombre es un ser dotado de razón. Al poseer razón, el hombre tiene capacidad de inquisición, esta es la capacidad única y propia del ser humano de sondear la realidad y buscar en ella respuesta a las interrogantes fundamentales de su ser, por ejemplo, el por qué de su propia existencia. El primer lugar en el cual el hombre busca respuesta es su realidad inmediata, su entorno. De esta forma el hombre busca respuestas en su mundo natural y lo que el mundo le ofrece para satisfacer sus preguntas son los fenómenos naturales que lo llevan a la religión. Aquí hay un punto importante, el hombre es incapaz de encontrar respuestas en su realidad cotidiana, por lo que recurre a la supra-realidad religiosa, es decir, un mundo que está por sobre el suyo. Aquí el hombre se vuelca hacia Dios o hacia los dioses y exige respuestas sobre las cuestiones que acosan su alma y que no pudieron ser respondidas en la realidad cotidiana, pero la religión es incapaz de dar una respuesta definitiva, porque hacerlo sería poner en peligro la continuidad del culto. Esa es la verdad, la respuesta que pueden ofrecer la religión, la sociedad y la ciencia para el propósito de la vida es nula e inconsistente, ya sea porque espanta a los fieles, despierta a las masas o no es científicamente comprobable. De esta forma, ante la incapacidad de la religión para ofrecer respuestas, el ser humano entra en una tercera fase: la fase de la individualidad. En esta fase el ser humano se vuelca hacia sí mismo, pero su propio ser es incapaz de ofrecerle las respuestas que busca, porque es de ahí de donde provienen sus cuestionamientos. Acabado este ciclo, el ser humano cae en un período de decadencia denominado “sentido trágico de la existencia”. El sentido trágico de la existencia tiene por objetivo hacer consciente al hombre de las cuestiones ónticas sobre su ser que jamás tendrán respuesta, le permite regresar a la realidad cotidiana con una nueva perspectiva. Todo este enorme proceso, que a veces muchas personas no atraviesan a lo largo de sus vidas, se denomina crisis. Pero un gran porcentaje de los hombres no atraviesa este período de crisis. La razón es que para hacerlo se debe ser libre y el ser humano está incapacitado para hacer uso de su libertad debido a su propia debilidad. Constantemente elude sus responsabilidades y desplaza su capacidad de elegir, escogiendo religiones, líderes y toda suerte de artificios que le ofrezcan respuestas rápidas y satisfactorias sobre su existencia, razón por la cual muchos se conforman con el simple: “Es la voluntad de Dios”. De esta forma, el primer grupo de personas, que eligen ser animales en búsqueda de la satisfacción y el placer, jamás atravesarán este período de crisis, sino que eligen ser animales individuales en la constante e inacabable búsqueda de la satisfacción personal.

El segundo grupo de individuos es parecido al primero en tanto que también elige actuar como animal. Estas personas abordan el sistema de crisis, pero no lo terminan. Su caso es distinto, y peor, porque este es el ser humano que elige ser un animal del grupo voluntariamente. Es posible que muchos hombres se hayan planteado las cuestiones fundamentales de la existencia humana, cuya principal interrogante es el qué del hombre, es decir, ¿Por qué existo, cuál es mi propósito? Sin embargo, elige voluntariamente conformarse con las respuestas brindadas por la ciencia, la religión y la sociedad, abandonando su propio conocimiento para tomar el de la masa. Este tipo de animal encuentra sentido a su existencia en la medida que puede vivir su vida de acuerdo a los cánones marcados por los demás.

El tercer tipo de personas es el que aborda el problema de la crisis y lo termina. Ser de este tipo de persona requiere de una gran valentía. Requiere de un pensamiento firme, de un nihilismo férreo, de un ateísmo marcado, pero es una llamada al dolor y a la locura. ¿Quién puede soportar la idea de que la vida no tiene propósito, de que somos tal vez un accidente de la Madre Naturaleza, llamados a sufrir desde que nacemos hasta que morimos sin meta alguna para ello? ¿Se puede vivir a sabiendas de que la vida es una mala broma, prescindiendo de todos los mecanismos que los hombres del primer y segundo grupo han creado para deshacerse del dañino pensamiento de que no hay razón para la vida salvo la muerte? He aquí el verdadero sentido de la vida: el hombre ha nacido para, algún día, morir. Y en el transcurso de la vida, el hombre debe defender su único y más preciado tesoro, aquel que le ha sido otorgado gracias a su facultad de razón: su libertad. Muchos se preguntarán entonces ¿acaso no quita esto el hecho de que todavía se puede vivir bajo el dogma religioso de que Dios creó al hombre? ¿O bajo la premisa de que el hombre es un ser racional que se relaciona con los demás y debe coexistir? ¿O que es el resultado de millones de años de evolución? Es cierto, son teorías aceptables para el hombre del tercer grupo, sin embargo, la diferencia principal radica en que el hombre del tercer grupo es consciente de que su existencia, su propia existencia, es distinta de la de los demás, es un rasgo propio de su individualidad, algo que le ha enseñado la ruda indiferencia del dogmatismo religioso y científico. En la medida que el ser humano comprende eso, es consciente de que su única facultad en la vida es hacer uso de su libertad y comprende que es su deber defender esta facultad. Pero ¿Cómo ser libre? Es una cuestión difícil de abordar y de comprender.

Kain aprendió de su maestro que la única forma de ser verdaderamente libre era obedeciendo a la propia naturaleza: haciéndose presente con el pasado. El presente es el momento más importante, porque solo en el presente se puede actuar y se puede elegir, y solo a través del presente puede construirse el futuro. El presente es un momento único que exige presencia, estar allí, “ser” y por lo tanto ser consciente. A través del presente podemos actuar mediante actos voluntarios y razonables, es decir, tomando decisiones y haciendo elecciones. Estas acciones son una actualización de nuestro pasado, lo que nos permite construir un futuro acorde a lo que “hemos sido siempre”, lo que verdaderamente somos. En pocas palabras, la única forma de ser libre es obedecer a la propia naturaleza. Por ejemplo, un asesino es libre en la medida que obedece a su ser, es decir, cada vez que mata. Por esta razón cada vez que comete homicidio es libre. ¿Podría condenarlo la sociedad? Por supuesto, claro que podría, pero ¿de qué serviría? Él no perdería su libertad por ello, pues habría sido auténtico y no un animal del grupo, para él su acto habría sido correcto, moral, ético y auténtico.

Kain pertenecía a esta clase de persona, la del tercer grupo, solo que su razón de vivir no era quitar la vida a los demás, como en el caso del asesino. La razón que movía a Kain era hacer consciente a las personas, usando lo macabro como herramienta, de toda la realidad analizada anteriormente. Entonces, ¿qué podía esperar cuando le tocara enfrentarse a eso mismo en aquella ilusión? No sería capaz de vencerlo, se conocía bien. Un remezón lo sacudió en el aire. No supo en comienzo que fue, todos sus pensamientos lo habían asaltado en una fracción de segundo y casi lo habían abstraído de la realidad. Lo único que realmente había sabido y pensado hasta ese instante era que iba a morir: no tenía hacia donde huir mientras caía en el aire y uno de esos forúnculos repulsivos había pasado junto a Vladimir, ahora con su boca abierta por completo como el ojo de un huracán, se abalanzaba contra él dispuesto a hincarle los dientes allí donde se viera con más carne.

Pensó en un comienzo que la violenta sacudida había sido la sensación del dolor ante la inminente mordida de la criatura, posiblemente en alguna de sus piernas. Se imaginó entonces con la mitad de la extremidad en el interior de la boca de aquel monstruo y que luego, en aquella eterna caída, era devorado sin poder hacer nada para evitarlo. Pero no hubo dolor, ni sensación alguna que le indicara que lentamente se lo estaban comiendo. Muy por el contrario, sintió que se ahogaba y alcanzó a divisar, a pesar de la constante frecuencia con que los muros parpadeaban, como aquel grotesco animal que había estado a punto de morderlo y otros tantos más pasaban por su lado, continuando el descenso interminable hacia las oscuridades de aquel foso, que se los tragó como si se tratara de la oscuridad misma.

Estaba colgando, literalmente colgando, suspendido en el aire en la nada y con los pies balanceándose de un lado a otro. El manto le presionaba la garganta y le hacía difícil respirar, poco a poco sintió que el calor se le subía a la cabeza. Agitó las manos a los lados un par de veces antes de coordinarlas con precisión suficiente como para llevarlas a la nuca y sujetar la caperuza que tiraba y presionaba su cuello. Tanteó con los dedos hasta que descubrió que, según parecía, la tela se había enganchado en algo. Casi había descubierto por medio de su torpe capacidad de tacto qué era lo que había detenido su caída cuando se sintió zamarreado de un lado a otro, como se sacude a alguien cuando se intenta despertarlo, solo que Kain no estaba inconsciente y agitó los brazos con más vehemencia al sentir que el movimiento abrupto le quitaba el poco aire que todavía tenía.

En ese momento la voz de Vladimir llegó a sus oídos. Lo escuchó con claridad y se percató de que era él quien lo había agarrado, le había salvado la vida y, paradójicamente, ahora estaba asfixiándolo. Se llevó las manos a la tela para apartarla y tratar de ganar un poco de aire antes de que lo aventaran contra el muro, pero tardó demasiado. La primera vez que Vladimir intentó acercar a Kain hacia la pared solo consiguió que el ilusionista se golpeara de frente contra la muralla, de modo que el rostro de Kain se hundió ligeramente en la pared carnosa y húmeda. La segunda vez, ahora más atento, el ilusionista consiguió afianzarse en la pared. Aunque luego, prefirió haber escogido otro lugar. La vista no tenía nada de malo, era fenomenal, desde donde estaba podía contemplar la fosa a sus anchas y quedarse meditando largamente que sería lo que habría en el fondo de aquel abismo y no negaba de todas formas que le agradaba tener un momento de tranquilidad para sentarse, o colgar, y descansar. El problema de fondo realmente fue que, mientras se acercaba a la pared para agarrarse, Kain pensaba en cómo iba a hacerlo. La verdad era que no tenía una espada como Lecour para sujetarse y así poder anclarse. Sus manos no hubieran bastado tampoco, puesto que la pared era carnosa y húmeda lo que dificultaba enormemente la tarea de agarrarla para sujetarse. Lo que decidió finalmente, fue utilizar el artilugio metálico que cubría su mano para incrustarlo en la pared y así poder sujetarse. No le agradaba la idea, si lo hacía corría el riesgo de que se dañara y no volviera a ser útil, pero no tenía otra opción si quería salir con vida de aquel sitio.

De modo que cuando se encontró cara a cara contra la repulsiva pared, el ilusionista levantó la mano y golpeó con fuerza hundiendo las hojas en la materia. Para mala suerte, resultó que el lugar donde había golpeado era una de esas especies de protuberancias abultadas de las cuales emergían los forúnculos. En cuanto la hoja penetró en aquella zona el pus saltó como si hubiera reventado una fruta madura. La mayoría cayó sobre la ropa de Kain, pero cierta cantidad cayó sobre su rostro y sus manos. El ilusionista desvió el rostro, con un gesto ligeramente asqueado. Se le imaginó que el sabor del pus sería amargo y ligeramente agrio, como la resina de los árboles al gusto.

Desde luego, jamás había probado la resina, pero estaba seguro de que ese era el sabor que tenía. Alguien le había dicho una vez que todos los elementos son asimilables por la percepción. Se puede intuir el sabor o el peso de algo de forma aproximada con solo verlo, tal es el poder de la mente. Kain lo sabía bien, había usado muchas veces el poder de la mente en contra de sus víctimas. El poder de la mente siempre es subestimado. Pero el asunto de fondo era que, imaginado en la mente o no, el aroma de aquella sustancia era repugnante. Aunque el ilusionista no sintió que acudiera la quemazón habitual de las náuseas por el esófago antes de regurgitar, si sintió repulsión. El aroma le recordaba alguna especie de verdura, todavía no estaba seguro de cual. Muy probablemente se hubiera tratado de ajo, cebolla o pimiento, pero en un avanzado estado de descomposición. Además de eso, tenía una consistencia viscosa y escurría por la prenda de forma desagradable, casi como la crema que se rebalsa desde un pastel demasiado ornamentado.

- ¡Ag! – Masculló –. Podrías haber escogido un lugar mejor.

Forcejeó con la mano unos momentos, tratando de extraerla del lugar donde se había incrustado casi hasta la muñeca, pero las cuchillas estaban firmemente agarradas y no parecían tener intención alguna de soltarse. Tiró con más fuerza mientras Lecour planteaba sus inútiles sugerencias. ¿Para qué bajar? Ya sabían ambos, o eso suponía, lo que había abajo y no era algo agradable. No tenía la más remota idea de cómo era que se había hecho con el liderazgo de aquella campaña. ¿Desde cuándo era él quien daba las órdenes y hacía las sugerencias? La ilusión era obra de Kain, era por tanto él quien debía de dar las sugerencias y determinar qué era lo mejor para proceder. Sintió la necesidad de pronto de contrariarlo, de rechazar sus propuestas y sugerencias. Pero probablemente aquellos deseos eran producto de la incapacidad para extraer su mano del condenado agujero que había hecho.

- ¡Mierda de ilusión! – Gritó tan fuerte como pudo y extrajo la garra metálica de un tirón, arrancando carne y pus que se estrelló contra su cuerpo –. Genial.

Subió la mirada para encontrarse con la vista de Vladimir.

- ¿Qué estas esperando? – Rugió observando que había un pequeño túnel más arriba– ¡Subamos de una buena vez!

Sacudió la mano un par de veces y algunos viscosos restos de pus se distendieron en el aire, precipitándose hacia el vacío. Las repulsivas secreciones estaban impregnadas en su piel y con un gesto hastiado el nigromante comenzó su ascenso detrás de Vladimir. Fue extremadamente difícil. De hecho, una vez que Lecour llegó arriba tuvo que esperar un buen rato para que Kain consiguiera alcanzarlo. El ilusionista no destacaba por sus cualidades físicas y trepar por una pared vertical era para él un reto casi imposible. De no haber sido por la garra, que podía hundir a cada paso que daba hacia arriba, no habría conseguido llegar a su meta. Sin embargo, cada vez que hundía el artilugio el muro segregaba tanto sangre como pus. Shaffënsthrer ya no sabía si lo que escupía la pared eran los restos de lo que había impregnado en su mano o era secreciones nuevas, como fuera, cada paso que daba era uno más cerca de las náuseas que empezaban a afectar su estómago. Resbaló un par de veces y cuando por fin encontró la saliente que daba al borde del túnel que Vladimir había divisado estaba a punto de desfallecer. Se esforzó un poco más y tras algunos intentos consiguió agarrar con los dedos algo ligeramente consistente. Prefirió no averiguar que era, solo se aferró y tiró hasta que consiguió subir los brazos, apoyó los codos en el suelo y trató de subir una pierna de forma torpe. Con algunos impulsos consiguió subir el torso las piernas y por fin rodó para quedar tendido en el suelo, jadeante, junto a Vladimir. Su mirada estaba pegada en el tejado, de la misma composición que todo el resto de lo que habían visto hasta aquel momento. Pero el aire allí era distinto, casi podía olerse algo más fresco. Había un aroma a aire libre.

No tuvo mucho tiempo para descansar, desgraciadamente Lecour se había recuperado mientras él escalaba y ahora el ilusionista no tuvo más remedio que sentarse y tratar de incorporarse para continuar. Aunque tardó un poco en ponerse de pie no se veía tan mal. Solo algo agitado. Serenó su respiración y se decidió a continuar, una de sus manos rozaba la pared a medida que avanzaba por aquel sitio, aunque podía sentirse aire fresco y eso renovaba el ánimo en cierta medida. Se sintió tentado a decirle a Vladimir que la esperanza es el veneno del alma. Pero no dijo nada para ahorrar saliva y esfuerzo. Prefirió tragar aire y suspirar para continuar. Mientras avanzaban bajó levemente la vista y se sacudió la viscosidad que aún permanecía en su pecho y sus manos, pero tras comprobar que esta parecía no ceder ante sus esfuerzos por quitarla desistió.

Continuó avanzando tras Vladimir, permitiendo que él fuera al frente mientras meditaba. Iba a formularle una pregunta, pero olvidó que lo hacía cuando el ambiente cambió de forma repentina. La grotesca forma del túnel cambió en aquel momento y la carne cedió paso para dejar paso a la roca sólida. Tal como la encía cede paso al diente.

Aminoró ligeramente el paso para prestar mayor atención a aquellos pequeños pero importantes detalles que sacudían el mundo en el cual ahora se encontraban y sus ojos observaron todo con el mayor de los cuidados. Piedra y carne parecían amalgamadas en aquel punto en el cual terminaba uno y comenzaba el otro, o terminaba el otro y comenzaba uno. Tan perfecta era la unión que Kain se sintió por un momento incapaz de saber o percibir dónde era adelante y dónde era atrás. Si pudo distinguirlo fue porque al parecer Vladimir conservaba aún su sentido de la orientación y corrió de pronto, guiado por una lejana luz rojiza.

Tras él fue Kain también, atraídos como polillas por el fulgor corrieron hasta que, con resignación, al menos de parte de Kain, descubrieron que estaban en otro sitio en el que habían aparecido de pronto casi como por arte de magia, tal como había ocurrido en el túnel.

El viento arreció y le golpeó el rostro, lastimándolo con diminutos granos de arena. Pensó inmediatamente que habían llegado a un desierto, muy mala suerte, aquel sí que podía ser el fin de ambos. Pero no era suyo, o por decirlo de otra forma no había salido de su mente, el culpable debía ser Lecour. Cuando pudo apartar la mano para contemplar aquel lugar con la vista, lo primero que vio fue el monstruoso sol negro que reinaba en el paraje. Kain lo contempló maravillado, ni en sus sueños lo habría imaginado más perfecto. Sí desde luego, él había fantaseado constantemente con el sol negro. Anthros, su maestro, le había revelado el orden de los planos hacía mucho tiempo: primero estaba el mundo normal, oculto a simple vista estaba el mundo de las sombras, que era una especie de barrera que separaba al mundo normal del mundo de la verdadera oscuridad: la dimensión del sol negro. En la dimensión del sol negro no había vida alguna, ni podría haberla jamás, pues era un lugar lleno de una concentración de energía de gran calibre, todo era absorbido por el sol negro y regenerado en un constante proceso de renovación. El sol se lo tragaba todo. El sol negro era la fuente de casi todas las manifestaciones de magia tenebrosa. Desde luego, el sol que lucía ante ellos no era el mismísimo sol negro de Thul. Pero era una imitación bastante buena, tanto que consiguió dejar embelesado a Kain durante algunos instantes a pesar de que sabía que, muy probablemente, todas aquellas tonterías fueran imaginaciones de un demente. Todos conocían en Anzus la leyenda de los dioses arquetípicos y en ella no tenían cabida las alucinaciones sobre soles negros.

Caminó un par de pasos antes de notar que pese a la luz que irradiaba el sol y a pesar del panorama, la sensación térmica del lugar no era la de un desierto cruel y abrasador, de hecho, había una especie de frío extraño que dominaba el lugar. Caminaron ambos hasta que la bota de Vladimir se estrelló con algo, pero Kain no le prestó atención, su vista estaba enfocada en otra cosa. Había descubierto algo brillante no muy lejos y se aproximó para examinarlo. Sus pasos retumbaron sobre la piedra. Volvió la vista para apreciar el cuarzo negro cuando el viento sopló y pudo apreciar que lo que Vladimir había hallado era solo uno de los cuarzos negros que formaban un perfecto círculo sobre una plataforma de piedra. Contempló la figura grabada en la piedra. La escena no le resultó familiar, para nada, pero los cuarzos negros le resultaron atractivos. Los contempló unos segundos antes de volverse una vez más hacia el objeto brillante que había llamado su atención y que ahora gracias al viento había sido revelado: era una punta de cuarzo, pero muy distinta a las demás. Esta punta parecía despedir un brillo propio e incluso a la vista parecía que palpitaba, se ubicaba justo al centro del círculo de cuarzos negros. El ilusionista se acercó para poder contemplarla mejor y se recargó sobre sus rodillas, entrecerrando los ojos como si eso pudiera ayudarle a comprender mejor la naturaleza de aquel extraño objeto. Observó también, no muy lejos, una estatua de un homre con un cofre en sus manos y que parecía recibirlo de una deidad frente a él. La deidad parecía amable.

Sus botas hicieron que se retorciera y chillaran los guijarros sobre el suelo. Súbitamente entonces ocurrió algo: el cuarzo brilló con más potencia y la mano del ilusionista quemó. Shaffësnthrer dio un brinco sacudiendo el brazo completo pero sin dar alaridos. La secreción que había quedado sobre su piel ahora quemaba como el ácido y sentía que le carcomía la piel. Bastó que agitara la mano un par de veces y una de aquellas gotas brincó de su lugar para caer sobre la brillante piedra. Entonces el ardor se detuvo y comenzó el temblor. El suelo se cimbró y se sacudió con fuerza, Shaffënsthrer mantuvo el equilibrio y se giró hacia Lecour con una expresión desconcertada.

¡Te juro por tu madre que no he hecho nada! – Gritó mientras corría para reunirse con él observando su expresión acusadora.
Que horrible costumbre aquella la de Lecour de poner en los demás la culpa de todas las cosas que ocurrían a su alrededor. Alcanzó al varón en el momento preciso en que aquella especie de plataforma comenzaba a elevarse mientras giraba. Era una especie de mecanismo, y algo lo había activado. Kain giró el rostro solo para contemplar de forma fugaz el cuarzo brillante sobre el que había caído la gota de secreción. Todavía resplandecía de forma ocasional. El enorme sol se convirtió en una mancha oscura, como el grito despavorido de un niño que se expande en el día, devorándolo todo y convirtiéndolo en noche. La luz roja menguó y se hizo menos intensa para comenzar a ceder paso a la oscuridad. Empezaban a perder la luz a paso rápido, Kain pensó que era algo cruel. En el túnel no habían tenido rastro alguno de luz excepto los símbolos brillantes, ahora que les habían entregado un escenario más iluminado, volvían a arrebatarles la lumbre, era casi como si se las hubieran entregado para que la extrañaran con más fuerza al volver a perderla. Kain giró en todas direcciones mientras la plataforma continuaba elevándose. Por alguna razón de pronto, de la nada, habían surgido los espectrales y fantasmagóricos gritos de alguien. Parecía que una persona, o un grupo de ellas, soltaba alaridos y lamentaciones dignas de el más sufrido torturado. Shaffënsthrer supo que lo ocurriría no sería bueno, al menos no para él y Lecour. Afianzó su posición y se preparó para lo peor, después de todo, estar ahí era como estar en el infierno.
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Re: Kain Shaffënsthrer

Mensaje por Kain Shaffënsthrer el Sáb 31 Ene 2015, 10:56 pm

Acto VII

Existe una diferencia enorme, pero a veces poco notoria, entre la realidad que se percibe y la realidad que “es”. Esta aseveración, que a muchos puede parecerles ridícula, es totalmente cierta, pero imposible de comprender si no se han asimilado por completo los fenómenos capaces de alterar la realidad. Pero esta diferencia incluso para él en ocasiones era difícil de distinguir. La “verdad” en cuanto de adecuación del concepto a la cosa es una realidad concreta y escolástica. Es mejor concebir la verdad como un develamiento de la cosa, como un “desvestir de la realidad” en el cual se denuncia el objeto mismo y se apartan todos los elementos de la cosificación.

Había muchos elementos de la realidad que eran ilusiones: como la ilusión de control y toda la realidad conceptual inmediata del ser humano. Era una cuestión de mera semántica, el asunto era que, en la medida que el mundo real se forma a través de palabras, que no son elementos reales, todo lo creado por ellas es también un ente ficticio formado por conceptos previamente establecidos de forma consciente y social. El mundo en el que estaban sumergidos Kain y Vladimir era también una ilusión, pero no una ilusión común. Era cierto que ninguno de los elementos allí presentes, ni siquiera el aire que respiraban, era real. Pero aunque todo lo que los rodeaba era ficticio el aire los mantenía con vida y todo podía hacerles daño o incluso llegar a matarlos si no eran cuidadosos, aún a pesar de que ambos estaban completamente conscientes de que aquello no era real.

La pregunta entonces realmente no era qué es real y qué no, sino en qué punto la ilusión se vuelve real, a pesar de tener consciencia de que no lo es. En aquel mundo demencial, como la más horrenda de las pesadillas, incluso Kain estaba comenzando a cuestionarse la realidad de todas aquellas ilusiones. Incluso había una cuestión fundamental que el nigromante no había todavía meditado, pero que en aquel momento, mientras aquel enorme disco de piedra se elevaba en el aire, se le cruzó por la mente de forma fugaz y espontánea, como un pensamiento salido de la nada, surgido de ninguna parte, pero totalmente coherente y posible, tanto que incluso uno podía llegar a recriminarse: “¿¡Cómo no lo pensé antes!?”. Aunque al comienzo fue un pensamiento vago asentó en su cabeza rápidamente. No se lo había cuestionado antes porque en aquel lugar caótico parecía ser algo ilógico, una posibilidad mínima, pero que ahora que lo analizaba bien podía ser posible. Y si así era ¿Entonces no constituía eso un peligro aún mayor que cualquier cosa que pudiera encontrar en la ilusión? Tenía mucho sentido, de hecho era algo que Kain hubiera esperado, la trampa perfecta, mortífera y total. Contempló largamente a Vladimir, pensando detenidamente en ello. Lo había acompañado desde el salón de inicio, pero aún así, jamás lo había conocido, no tenía por qué confiar en él, mucho menos allí, en aquel mundo ilusorio. Después de todo ¿Cómo podía estar seguro de que Vladimir no era parte de la ilusión? Y el asunto era realmente complicado precisamente por eso: Vladimir Lecour podía perfectamente no existir. Tal vez en realidad jamás lo había conocido. Tal vez otro ilusionista más hábil había plantado el recuerdo de Lecour en su mente y Vladimir formaba parte de la ilusión, lo que lo volvía por completo peligroso. ¿Cómo confiar entonces en él? ¿Cómo saber que Vladimir era real? Incluso si lo fuera y todos los recuerdos fueran reales con él ¿Cómo estar seguro de que el Vladimir frente a él, ese Vladimir en específico, era el real? Bien podía ser una ilusión, mientras que el Vladimir verdadero permanecía cautivo en otra ilusión o en otra parte del enorme laberinto en el que se hallaban. Entonces, mientras el Vladimir real estaba lejos, este, falso como Judas, se ganaba su confianza para luego traicionarlo. ¿Qué destino más amargo que ese?

Kain lo sabía, sabía muy bien que no hay veneno más amargo para el alma que la esperanza. Si la ilusión trabajaba con sus peores miedos y estaba diseñada especialmente para él y por él, ¿no era lógico entonces que le diera la esperanza para luego arrebatársela? Así lo habría hecho él y eso aumentaba la lógica de sus pensamientos. Todo parecía ahora mucho más probable de lo que era cuando había comenzado a pensarlo. Decidió internamente ser más reservado con la confianza que ponía en Vladimir, por lo menos hasta estar seguro de si era real o no. Mientras tanto, entre las cavilaciones de Kain, el amplio disco que los sostenía continuaba elevándose en el aire y la imaginación del ilusionista comenzó a volar en otros temas muy distintos. Supuso que, si Lecour reconocía el lugar o parte de las estructuras en él debía de haberlo visto en alguna parte, en algún tiempo remoto, quizá demasiado antiguo para contar. Eso lo hacía directamente responsable del embrollo en el que se estaban metiendo. Se distrajo tratando de especular sobre el lugar, recreando leyendas antiquísimas. ¿Quién era el misterioso portador del cofre? ¿Qué secretos escondía en la diminuta cajita? ¿Por qué? O tal vez ocultaba algo en el interior del recipiente, algo que no debía ver nadie y que debía custodiar. A medida que el círculo de piedra, con sus cuarzos exteriores e interiores, estatuas, y escrituras antiguas continuaba elevándose, la cacofonía que los rodeaba se hacía cada vez más evidente. Si había alguien allí, acosándolos en la oscuridad donde no podían verlos, Kain jamás lo supo. Desde luego, cabía la posibilidad de que hubiera extraños seres ocultos más allá de su campo de visión, donde ninguno de los dos podía llegar a verlos. Pero las risas estaban demasiado cercanas, o esa impresión le daba al menos, y si así hubiera sido, el número parecía ser enorme. Una cantidad de individuos tan grande, por lejos que estuviera, no hubiera podido ocultarse con disimulo, no en aquel lugar. Levantó la vista y fijó sus ojos ambarinos en el cielo, o lo que aparentemente era el cielo. La mancha continuaba extendiéndose, devorándolo todo de forma voraz y extinguiendo la luz a medida que su paso cubría el firmamento. En aquel momento, un viento fuerte sopló y le azotó el rostro, de modo que algunos granos de arena se colaron en el interior de sus ojos y lo obligaron a encovarse y protegerse con las manos y el manto. Cerró los ojos con fuerza, sintiendo que el microscópico grano de tierra se le incrustaba en la retina. Utilizó el dedo cordial para intentar remover el objeto y frotó con fuerza, pero solo consiguió hundirlo más profundo. Finalmente, cogió el párpado con el índice y el pulgar de la diestra y lo levantó, frotando el interior del ojo con furia. Unos momentos más y utilizó la articulación del dedo para frotar el lagrimal. Pero seguía allí. Hastiado, se llevó la izquierda al ojo y sin saber cómo, hundió el índice, con cuchilla y todo en la retina. Sintió que u escalofrío le recorría la espina desde la base hasta la nuca y pudo experimentar la sensación de que la aguda navaja que recubría el dedo penetrara la córnea, el iris, la pupila y el cristalino, abriéndose paso hasta la retina y alcanzando el nervio óptico. Cuando el dolor alcanzó el punto máximo, retiró la mano con fuerza y el globo ocular se desencajó de su cuenca. Shaffënsthrer sintió cuando el nervio óptico cedió y comprendió que lo que quedaba de su ojo estaba incrustado en la navaja que recubría el dedo índice de su izquierda. Dio un paso atrás. Un terrible remezón lo hizo sacudirse y casi perder el equilibrio. La plataforma, que hasta entonces había estado en movimiento, se detuvo. Parecía que había llegado a alguna especie de destino, pero ¿dónde? Sintió una nueva punzada de ardor y al abrir los ojos descubrió que todo había sido una jugarreta. Nada había ocurrido, todo había estado en su mente. Su mano no estaba cubierta de sangre, no había rastros del globo ocular lastimado y el ojo ya no molestaba. Podía ver perfectamente.

Se arrimó a Lecour, contemplando como la oscuridad poco a poco comenzaba a cernirse cada vez más sobre ellos, dificultando la vista e impidiendo pensar con claridad. Las risas alrededor de ambos no se habían detenido aún. Lo que fuera que iba a ocurrir, ocurriría pronto y no sería agradable. Se llevó los dedos de la diestra al cuello del abrigo, separándolo suavemente mientras sentía que el calor se hacía insoportable. La primera impresión de Shaffënsthrer fue que estaban en un volcán, para ser precisos, en el centro de un volcán, un volcán a punto de hacer erupción. No podía divisar en la lejanía, porque más allá del borde del círculo todo se veía borroso y difuminado, como si hubiera agua en el aire, todo a causa del hirviente calor. Se separó de Lecour justo en el momento en que este se pegaba a él y avanzó lentamente hasta el borde del círculo. Una vez a unos pasos de este, afinó la vista y se inclinó hacia adelante para contemplar el lugar. Divisó rocas ardientes, lava circulando entre ellas y lo que parecía ser el infierno mismo. Pero reparando mejor en todo, descubrió que las rocas no eran tales, sino que era montículos de rostros cadavéricos, apilados unos sobre otros, que sus lagrimales, oídos y orificios nasales, emanaba sangre ardiente y que esta fluía sobre el piso y sobre otros rostros, quemando y abrasando hasta la locura. Tras descubrir aquello inmediatamente pensó que estaban en el infierno. No podía haber un lugar peor que aquel. Retrocedió hasta encontrarse una vez más con Vladimir y se pegó a él, buscando refugio de forma inconsciente.

- Es como una pesadilla – le murmuró mientras sentía que el cuerpo escurría en sudor y se le nublaba el juicio a causa del enorme calor. Se estrujó las sienes y se cubrió los ojos cuando una ardiente nube de vapor se le cruzó ante el rostro. Entonces se giró hacia su acompañante y se abrió el abrigo, buscando ventilar un poco su castigado cuerpo –. Vamos a morir hervidos si no hacemos algo.

Al mismo tiempo que Vladimir, Kain comenzó por su parte a buscar una salida. No reparó en el camino de cráneos que había descubierto Lecour y que llevaban a una segunda plataforma. Para Kain internarse en aquel campo era la muerte. El ilusionista estaba seguro de que la única forma que tenían de salvarse era subir, pero no había hacia donde.

Observó el firmamento, oscuro y negro más allá de los bordes superiores de aquella caverna y allá, muy a lo lejos hacia la altura, era posible distinguir una abertura, una única salida que, aunque parecía imposible de alcanzar, era, al parecer, la única salida aceptable. Sujetó el brazo de Lecour y le señaló la abertura superior.

- Tenemos que encontrar la forma de subir antes de acabar derretidos aquí – sugirió con voz poderosa mientras contemplaba las laderas, empinadas y abruptas, casi como acantilados.

Había, sin embargo, un camino que parecía llevar de forma segura hasta una de las rocas más altas y desde allí se podía escalar hasta llegar a la salida superior, aunque era un camino difícil y arduo y no se veía confiable. No estaba seguro de conseguirlo, pero no veía otra opción. En ese momento, los huesos de Kain retumbaron. No se había percatado de que el ambiente estaba más oscuro de lo normal. Tampoco lo habría advertido si lo hubiera observado, estaba concentrado en encontrar una salida de forma veloz. Aún así, distraído como estaba, no pudo evitar reparar en el sonido estrepitoso del cuarzo al romperse.

El estallido tuvo eco en todo el lugar, como si hubiera sido un acontecimiento de la más grande de las importancias y de hecho lo era. El ilusionista se sobresaltó y permaneció en silencio, a la espera de lo que ocurriría, porque sabía que aquello solo podía augurar algo peor. Fuera lo que fuera, no estaban listos, necesitaban un plan. No un plan de combate, combatir allí era ridículo, la espada y las navajas que cada uno tenía no servirían de nada, eran solo elementos para caso de extrema necesidad. No, lo que valía allí era correr, huir como pudieran mientras buscaban de forma desesperada una salida. No había otra cosa que hacer, y es que precisamente la ilusión los había dejado en aquel papel, uno que ambos seguramente temían con fuerza: verse impotentes ante una amenaza desmesurada, sin tener como defenderse y no poder hacer nada más que esconderse y escapar, esperando encontrar una salida de aquel lugar de horror.

Shaffënsthrer sintió algo. Permaneció en silencio a la espera, con todos los sentidos agudizados y listos para enfrentarse a lo peor. Algo había allí, alrededor de ellos, y lo que fuera que había allí había comenzado a manifestarse tras la explosión del cuarzo. Una rápida mirada le bastó al ilusionista para comprobar que, afortunadamente, no había solo uno, sino una gran cantidad de esas maravillosas rocas. Aunque siempre cabía la posibilidad de que lo único que se necesitara fuera que reventara uno, en cuyo caso el fin de ambos era inminente y estaba más próximo de lo que ambos podían presentir. Pero no parecía ser así, porque seguían con vida y ambos contemplaban con temor. Una cosa había clara, lo que fuera que los estuviera acechando, se encontraba en el exterior de la plataforma que los había llevado hasta allí. No tuvieron que esperar mucho para averiguar de qué se trataba, porque pronto, de forma improvisa, un nuevo cristal negro reventó de forma idéntica al anterior. El ilusionista desvió la mirada y lo observó un tercero antes de que reventara en pedazos, haciéndose polvo y dejara un lugar vacío. Shaffënsthrer sintió que, con cada uno de los cuarzos que estallaba, su final estaba cada vez un paso más cerca. Se hizo más intensa y pesada aquella presencia misteriosa que parecía observarlos desde la penumbra, donde ninguno de los dos podía reparar en ella y pronto se vio acompañada por algo más.

Algo surgió allí, en la periferia de la plataforma, donde acababa el círculo y los cuarzos creaban esa invisible barrera que al parecer los mantenía a salvo. La primera de ellas se alzó como una silueta implacable. Literalmente flotando en la nada, sin movimiento alguno, solo contemplando. A su lado surgió otra y al lado de esta otra y pronto todo el contorno de la circunferencia estuvo rodeado. De momento no eran más que siluetas muy difusas, apenas perceptibles, pero estaban allí y a Kain no le hacía gracia alguna el hecho de que, a medida que los cuarzos reventaran, las siluetas se hicieran cada vez más claras. Elevó la vista cuando sintió que algo pasó sobre las cabezas de ambos y descubrió, con terror, que no solo había siluetas alrededor del contorno, sino también sobre él. Una enorme figura pasó volando sobre ellos y, contrastando con la escasa luz que parecía venir de la abertura sobre sus cabezas, se vio terrible y amenazadora. No parecía un ave de ningún tipo, sino más bien una criatura aún jamás vista por nadie, de apariencia grotesca y terrible, con alas monstruosas y garras de gran tamaño y unas fauces hambrientas.

Su cuerpo, fantasmal en apariencia todavía, parecía desplegarse en numerosas formas y la criatura cambiaba de un estado a otro, como si fuera dueña de los procesos de las mismas células de su cuerpo.

Shaffënsthrer se sintió horrorizado y estuvo a punto de decírselo a Vladimir, que parecía no haber reparado en la terrible monstruosidad que había pasado por sobre sus cabezas, pero este había comenzado a hablar y como al parecer sus palabras se referían a los cuarzos, Kain guardó silencio, ansioso de descubrir alguna pista que pudiera llevarlos a la salvación en tan precaria situación en la que se encontraban. Vladimir habló sobre los espectros, y como los cuarzos parecían mantenerlos a salvo. Vladimir reconoció algunos hombres y mujeres muertos que él mismo había matado. Tenía razón, tenía razón al haberlo creído. No estaban en un volcán, estaban en el infierno, el infierno mismo (o su representación en la ilusión, claro está). Pero dudaba que aquel lugar fuera uno de los círculos profundos del infierno. No, aquel sitio debía ser uno de los superiores, uno donde el castigo no era aún tan severo. Aquel lugar no era más que el paraíso para aquellos que, desafortunadamente, estaban atrapados aún más abajo todavía.

No tienes idea, Lecour – musitó Kain mientras se arrimaba a él y contemplaba las siluetas una a una en busca de rostros conocidos. Por su mente pasaron cientos de rostros, cada uno más terrible que el anterior y pronto llegó al de su maestro. Rezó internamente para que no estuviera allí –. Si aquí están los que quieren vengarse de nosotros entonces estamos bien jodidos.

Y en verdad lo estaban, porque ahora el plan de Kain, de trepar hasta la parte superior, no servía de nada. Si estaban en el infierno trepar hasta la parte superior no los llevaría a la salida, sino solo a un círculo un poco más elevado. Lo que necesitaban era encontrar, como en el grotesco túnel de carne, una salida de aquella “parte” de la ilusión. Por decirlo de algún modo una puerta que llevaba de un estado de la ilusión a otro. Pero no albergaba muchas esperanzas, el túnel que los había librado de los forúnculos hambrientos estaba muy escondido y solo lo habían encontrado por casualidad. ¿Qué posibilidad había de que eso ocurriera de nuevo? Muy pocas la verdad y la expectativa de morir en un río de sangre ardiente la verdad no era muy alentadora, mucho menos agradable, al menos no para Kain, pero eso era lo de menos, porque aunque no hubiera sido aquel el infierno, y la salida superior realmente los hubiera sacado de allí, no tenían posibilidad de llegar con tanto espectro alrededor de ellos. Era simplemente imposible, estaba demasiado lejana. Lo que necesitaban era algo mucho más cercano. Morir a manos de aquellos espíritus le parecía a Kain un destino más amargo que morir en el río de sangre hirviendo. El quinto cuarzo estalló frente a ambos y las siluetas se hicieron un poco más nítidas. Ahora también se podía apreciar algunas flotando en los lugares más superiores y Kain advirtió que no solo estaban rodeando la plataforma, ¡estaban por todas partes! En el aire, saliendo de las rocas, descendiendo desde la abertura superior y cada vez eran más y todas se apiñaban alrededor del campo que los protegía y parecía que entre más llegaban, más se debilitaba el cinturón que los mantenía a salvo. Poco a poco los cristales comenzaron a reventar, mientras Lecour daba un discurso de intelectual dos más estallaron y pronto otro, cada vez con más frecuencia. A ese paso pronto no quedaría ninguno y los fantasmas eran cada vez más nítidos. Shaffënsther se preguntó si habría alguna forma de librarse de ellos.

Desde luego, combatir contra forúnculos era una cosa, pero la espada y las navajas no podían hendirse en la carne de los espectros. ¿Cómo dañar algo que no estaba allí físicamente? Si por lo menos hubieran tenido sus habilidades mágicas entonces habrían tenido alguna oportunidad, pero así, privados de todo talento, estaban completamente indefensos y eso era algo que a Kain no le gustaba, lo hacía sentirse impotente, como un novicio enfrentado a su primer gran desafío.

Quedar expuesto ante cientos de espectros muchos de los cuales eran personas a los cuales ellos habían torturado y asesinado de forma cruel no era algo alentador. Dentro de las muchas cosas que podían hacer, ellos podían someterlos a sufrimientos más allá de la conciencia humana y eso no era agradable. Kain sintió una angustia extraña, ansia quizá, por salir de allí. Quería estar lo más lejos posible cuando los cristales terminaran de estallar, algo que al parecer no era posible, porque no tenían a donde correr. 

¿Se ha percatado de lo precario de nuestra situación Lecour? – comentó mientras se arrimaba más a él, tratando por todos los medios de permanecer en el centro exacto de la plataforma, lo más lejos posible de los bordes de la circunferencia mientras contemplaba impotente como los cuarzos reventaban uno a uno sin que pudieran hacer nada para evitarlo.

Volteó los ojos en su entorno, intentando encontrar una salida, pero por mucho que buscaba no podía encontrar otra que no fuera la superior y que, por el momento, se les hacía inaccesible. No tenían como llegar a ella, mucho menos podían pensar en cómo hacer tiempo para tratar de alcanzarla, en cuanto los cristales terminaran de reventar estarían a la merced de aquellos espectros y ellos no escucharían razones, solo buscarían la venganza.

Salir del círculo tampoco parecía ser una opción viable, ¿quién aseguraba que una vez fuera del círculo no quedarían expuestos? No, los cuarzos eran lo único que los protegía quizá en aquel sitio y no correría el riesgo de salir del sitio en el cual los mantenían a salvo. Se giró hacia Lecour con furia, casi como un animal acorralado y le enseñó los dientes

- Al menos entramos en el infierno de forma pomposa - comentó Vladimir -. Fue un juego divertido. Aún así estoy seguro que si hubo una forma de entrar debe haber una forma de salir.

– ¿Un juego? ¿Te parece que esto es un juego, Lecour? No, estamos al borde de la muerte y si no hacemos algo ya quedará muy poco de nosotros como para que sea recordado.

Sin embargo, sabía que Vladimir tenía razón. La entrada a aquel infierno había sido pomposa, lo reconocía, pero ¿por qué no matarlos inmediatamente? Si el objetivo de la ilusión hubiera sido realmente destruirlos entonces lo habría hecho sin dilación. Tenía el poder para hacerlo, sin embargo, ellos seguían con vida, lo que naturalmente obedecía a alguna razón poderosa que ellos todavía no habían advertido. Quizá, solo quizá, la ilusión no podía destruirlos de forma instantánea porque sus propias mentes eran la fuente. No había que olvidar eso, había que tenerlo siempre presente, aquella ilusión y todo en ella, eran trampas mortales puestas por sus propias consciencias y el instinto de auto conservación, quizá el saber que se estaban destruyendo a sí mismas, provocaba que todo funcionara más lento y la destrucción no fuera inmediata, por eso tenía que haber un margen aceptable de oportunidad para que ellos pudieran salvarse. En eso tenía razón Vladimir, si había una entrada, entonces sus mentes tendrían que haber construido también una salida, una ruta de escape que les permitiera librarse de todo aquel infierno.

- La única salida que tenemos es hacia arriba – aseguró Kain levantando la vista y posando los ojos en aquella abertura que parecía tan inaccesible –. Pero no conseguiríamos llegar jamás, es demasiado lejana y estaríamos expuestos por demasiado tiempo a los fantasmas.

Mientras deslizaba la visión por los lugares más cercanos, reparó por fin en la estatua. Al principio no le dio la atención que merecía quizá, pero luego reparó en el drástico cambio que se había producido en ella. Los ojos de Shaffënsthrer permanecieron por un momento fijos en la estatua, que ahora, aunque recién reparaba en ello, lucía completamente distinta. El cofre yacía en las manos del guerrero y literalmente yacía, porque la actitud de este era muy distinta y no parecía recibirlo, más bien lo mantenía en las manos, como ofreciéndolo y esperando que lo retiraran. La caja estaba abierta y el ilusionista no pudo evitar hacer un símil con la caja de Pandora. La deidad ahora era un ser de naturaleza oscura, que parecía recibir la caja, pero al mismo tiempo con otra mano tener una actitud condescendiente hacia el guerrero, como si ofreciera algo a cambio de la caja. Apartó la vista de la escena cuando un nuevo cuarzo estalló y entonces Shaffënsthrer lo vio. Emergió de entre el resto de los espectros, como si hubiera esperado allí largamente, como si hubiera sabido que, tarde o temprano, ellos llegarían. Entonces todo cobró sentido y Kain pudo casi verlo, casi contemplarlo una vez más, cuando todavía aferrado al marco de la ventana, antes de caer del balcón de su torre, le sonrió y su sonrisa se congeló en la mente del ilusionista. Esa sonrisa no había sido una sonrisa corriente, no era una sonrisa previa a la muerte, no era la sonrisa de un vencido. ¿Sería acaso que allí, en la ventana más alta de la torre, después de combatir contra Kain, el anciano había tenido un atisbo del futuro? ¿Habría sabido entonces que volvería a tenerlo entre sus garras y que, si sabía esperar, la venganza llegaría tarde o temprano?

Horrorizado, Kain dio un paso atrás. Lo recordaba, claro que lo recordaba. Aunque la muerte había dejado en él cicatrices irreparables, a pesar de que sus huesos estaban cubiertos solo por la carne pútrida que nadie había arrancado, a pesar de que sus ropajes se habían ajado con el tiempo, a pesar de que el halo espectral que lo rodeaba le confería un aura mística y casi demoniaca, a pesar de que casi no parecía el mismo, Kain lo reconoció al instante.

Todavía tenía esas arrugas inolvidables que surcaban su frente, en la poca carne que quedaba, arrugas que el ilusionista había contemplado durante horas en las interminables lecciones. Todavía sus manos, huesudas, parecían tenazas dispuestas a sujetarlo y asirlo hasta cortarlo en dos. Y aunque hubiera cambiado demasiado, todavía colgaba en su pecho el medallón de los condenados: colgado con cadena de plata, representaba una calavera entre cuyos dientes encajaba perfectamente una joya. Había pasado a él de generación en generación, el escudo de su familia, el símbolo de su poder, el escudo de la torre donde había perfeccionado sus artes. Kain no había podido arrebatárselo antes de que cayera de la torre, y luego jamás pudo encontrar el cuerpo. Atrapado en un eterno estertor de terror Kain sintió, por primera vez en su vida, miedo de algo distinto que no fuera su propio reflejo. Anthros levantó una de sus huesudas y polvorientas manos y uno de sus dedos se posó sobre el medallón, golpeando suavemente con la punta. Una seña que evidenciaba el fracaso absoluto de Shaffënsthrer y, aunque no hubo palabras, Kain comprendió inmediatamente el significado de aquel gesto: iba a morir.

Hizo caso omiso de Vladimir, al menos de momento, hasta que por fin la voz acudió a su garganta y asumió su sentencia de muerte.

- Vamos a morir, Lecour – reconoció con voz acabada –. No hay salida posible. Estamos atrapados aquí, en el infierno. Y ese, es Anthros, mi mentor, uno de los ilusionistas más poderosos que existieron. Le di muerte a traición antes de huir de su torre y ahora está listo para consumar su venganza. No hay salida, los muertos no nos dejarán huir.

Su voz fue tan baja que incluso él mismo casi no consiguió escucharse. Se había rendido, por un instante había tirado la toalla y había aceptado que estaba acabado, que todo había terminado, que no habían sido capaces de vencerse ellos mismos. Pero cuando Lecour lo sacudió regresó a la realidad. No estaba solo, todavía tenía una posibilidad de escapar y Lecour formaba parte de ella. Reavivó en él la chispa y su mirada una vez más determinada, se fijó en los ojos de Lecour.

- Es mi mentor, Vladimir – confesó –. Ha venido desde más allá de la tumba buscando venganza. Nada podemos contra sus poderes.

Guardó silencio entonces. No dijo nada más. No porque se hubiera rendido, sino porque estaba pensando y al mismo tiempo, con sus ojos inquietos, buscando una salida. Vladimir se apartó y se acercó al espectro, algo en lo que Kain no reparó. En su mente daban vuelta posibilidades, recuerdos, lecciones y enseñanzas que no podía traer al presente con claridad. Estaba seguro, absolutamente seguro de que entre toda la basura que Anthros le había enseñado tenía que haber algo que les fuera útil en aquella situación. Pero pronto recordó que era inútil: la magia no funcionaba en la ilusión, ambos estaban privados del poder. Se giró y contempló el resto de los espectros, cada vez más ansiosos: vio a Taisha, la sirvienta de Anthros, con la mitad de la cara devorada aún, incluso a su propio padre. Pero no reparó en ellos con demasía, era lógico que estuvieran allí. Por todas partes pudo vislumbrar rostros repletos de ira, odio, y deseos de venganza, donde miraba encontraba ojos furibundos, manos ansiosas y bocas hambrientas, pero, de pronto, encontró algo fuera de lo normal. Ajeno a la conversación que estaban manteniendo Vladimir y Anthros, razón por la cual no dijo ni hizo nada cuando el primero se giró esperando una señal de aprobación, Kain permaneció inmóvil contemplándola. Ella era como una isla en medio de un mar de tormenta, como un iceberg a la deriva, como un suspiro invernal atrapado y congelado en medio de una tormenta de fuego y el ilusionista no pudo menos que preguntarse el por qué.

Se aproximó de forma pausada y lenta, con cierta desconfianza mientras ella lo contemplaba de forma extraña. No con ira, ni con odio, sino con un profundo pesar. No miraba al nigromante, sino que su vista estaba clavada en Vladimir, como si solo esperara el momento de abalanzarse sobre él, listo para saltarle encima como una bestia rabiosa. Pero ella no, ella tenía la vista fija en Kain, que parecía ser el único que había reparado en su presencia y sus ojos, colmados de sufrimiento, encontraron los del demonio.  En algún tiempo, seguramente a cualquier hombre le habría parecido hermosa, aunque no a Kain, Shaffënsthrer juzgaba la belleza bajo otros parámetros, ahora sus carnes habían cedido al paso del tiempo y los castigos, sus senos habían caído en la espera del amante marchito y sus labios se habían secado sin una gota de agua que los humedeciera. Sus ojos eran lo único que aún conservaba vida en ella. El motivo, posiblemente jamás lo averiguaría. Un nuevo cuarzo reventó y su sonido hizo eco en los últimos seis que quedaban. El tiempo se acababa rápidamente y en un momento que pareció suspendido en el tiempo ella dijo algo. Su boca se movió, sus labios se movieron, pero su voz no emitió sonido alguno. Sin comprender lo que decía, Kain se aproximó todavía más, atento a sus expresiones, sus movimientos y sus palabras insonoras, entonces ella volvió a hablar y esta vez, solo por el movimiento de los labios, Kain comprendió lo que decía: “El cofre, los cuarzos”

Inquieto, el ilusionista se giró. ¿Era aquello una pista para descubrir la salida de aquel infierno, una posible solución al problema que estaba a punto de destruirlos? Sus ojos se encontraron con la estatua que estaba en centro una vez más, pero esta vez tanto el caballero como el demonio lo miraban de frente. El cofre permanecía abierto en las manos del guerrero y el demonio se esforzaba por tomarlo. La representación del infierno, el demonio, intentaba arrebatarle de las manos el cofre al guerrero. ¿Por qué? Todo se hizo claro entonces en la mente de Kain, el cofre era la llave, la salida, por eso el demonio intentaba alcanzarlo. Corrió tan rápido como pudo y atravesó la plataforma de largas zancadas. Con el pulso a todo tope, sintió que la sangre se bombeaba a sus pies con fuerza para darle más velocidad y un sudor frío le recorrió el cuerpo al comprobar que solo tres cuarzos permanecían en sus sitios. Se encaramó a las rodillas del guerrero, trepando como pudo y cayó un par de veces, hasta que finalmente sus dedos rozaron el cofre que, contrario al resto de la estructura, no era de piedra, sino de madera barnizada que imitaba la piedra. Lo cogió con una facilidad enorme y cuando descendió contempló el interior. Dentro del cofre, que estaba completamente abierto, había un cuarzo casi traslúcido. Tan transparente era la gema que en un comienzo Kain no la vio y necesitó un par de segundos para descubrir que allí, recortándose contra el fondo rojizo del cofre, había algo. La tomó en sus manos y la esgrimió sin saber cómo utilizarla, hasta que al girar el rostro hacia la mujer esta le señaló el último de los cuarzos que aún permanecía en su sitio y que parecía listo para estallar en cualquier momento. Sin siquiera pensar en las consecuencias, o en si lo que estaba haciendo era correcto, Kain arrojó la gema contra el cuarzo. Solo unos segundos después de hacerlo, Shaffënsthrer reparó en que aquella era la única gema que tenía y que la había arrojado sin siquiera descubrir por completo qué era lo que hacía. ¿Y si el cuarzo solo aceleraba el proceso? ¿Y si la mujer lo había engañado? O quizá el cuarzo realmente era el medio para salvarse que ambos tenían, pero él lo había utilizado mal y había arrojado la única posibilidad que tenían. Quizo correr para recuperarlo, pero ya era tarde y no había forma, la gema se estrelló contra el cuarzo y ambos se hicieron mil pedazos, una luz fulgurante invadió el lugar y el ilusionista se cubrió los ojos, sintiendo que le ardían por el brillante resplandor.

Cuando volvió a él la capacidad de ver, todos los cuarzos habían desaparecido, la mujer ya no estaba y los espectros, que se habían estado amontonando en los alrededores de la plataforma, habían retrocedido, dejando numerosas rutas de escape y ahora permanecían totalmente visibles pero petrificados, como si se esforzaran por moverse pero algo se los impidiera. Kain tardó solo una décima de segundo en reaccionar ¡Era la oportunidad de escapar! Giró hacia Lecour para huir, pero entonces se encontró con el verdadero desafío: junto a Vladimir, totalmente corpóreo ahora, con ambos pies sobre el suelo y una sonrisa cubriéndole el rostro, Anthros se interponía entre ellos y la ruta de escape que Vladimir había descubierto y que Kain todavía ignoraba.

El maestro muerto parecía dispuesto a abalanzarse sobre ambos en cualquier momento, pero su cuerpo viejo y deteriorado no parecía listo para ayudarlo, Kain se acercó a Vladimir y lo cogió por el brazo.

- ¡Ahora, Lecour! – Lo urgió Kain – ¡Subamos por las laderas! ¡Si nos damos prisa podemos llegar hasta la abertura superior!

En un amago nervioso que tenía por objeto solo alejar al enemigo, Kain lanzó un golpe con la izquierda. Las navajas que recubrían su mano izquierda brillaron a la luz de la sangre hirviente, que continuaba fluyendo por el infierno y cortaron la piel que recubría las maltratadas manos de Anthros. El muerto se resintió del golpe y dio un lento paso atrás con un rugido de dolor mientras Kain tiraba del brazo de Vladimir, era el momento de escapar, ahora o nunca.
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Re: Kain Shaffënsthrer

Mensaje por Kain Shaffënsthrer el Sáb 31 Ene 2015, 10:56 pm

*Este es el último, perdonad.

Acto VIII

¿Qué hombre puede conocer la hora de su muerte? ¿Qué hombre, sabiendo la hora de su ocaso, no prepararía su vida en torno a ello? Saber el tiempo del final, ¿sería un regalo o un castigo cruel? ¿Tendría la vida un sentido distinto si se conociera el tiempo del final? ¿Se desperdiciarían los años llenos de soledad? ¿Se desperdiciaría la vida llena de vacío? ¿Se desperdiciaría el amor? ¿O el odio, la ira y el rencor consumirían el alma? En los ojos de Kain podía verse el hambre, hambre de vida: Shaffënsthrer no quería morir. Tenía aún muchas cosas que hacer. Siempre había creído que la diosa, cuyo plan para él estaba trazado desde hacía mucho tiempo, guiaría sus pasos para conducirlo al premio que él había anhelado siempre: la eternidad.

¿Iba a morir ahora? ¿A manos de aquel que, años atrás, había asesinado a sangre fría? El día del juicio se había adelantado para Kain, los muertos regresaban de sus tumbas buscando venganza. Había leído numerosas veces acerca de aquello. Teniendo un fetiche con todas las cosas involucradas con la religión, porque sí, había que reconocer que era un fetiche, no podía decir que no había oído acerca del día de los condenados. Pero aquello no era real, era una ilusión, una falacia, mentiras apiladas unas contra otras. Tan reales parecían, sin embargo, que los habían puesto a ambos contra la espada y la pared. ¿Cuánto tiempo no había soñado Kain con el poder de la eternidad? ¿Con extender su influencia maligna por sobre las cabezas de los mortales que, aterrados y hundidos en la desesperanza, no podrían hacer nada más que contemplar el vacío en el sol negro del olvido mientras sus almas se consumían en el miedo? Y ahora, frente a él, se extendía la cúspide de sus anhelos, sus sueños más retorcidos y degenerados, pero encarnados no en él, sino en todo lo que lo había hecho lo que era. ¿Qué peor pesadilla podía contemplar la mente de Kain que aquella?

Fue su maestro el único que avanzó hacia él, el único que se movió desafiando el artificio que Kain había creado. Pero eso no parecía posible, si todos los espectros habían quedado inmovilizados, ¿no debía él también sucumbir a la magia? Dio un paso atrás, horrorizado y regresaron a su mente los largos años de adiestramiento con Anthros. Recordó cada día y cada noche de sufrimiento, cada momento que, sometido bajo las cadenas, había forzado su mente hasta el límite para comprender la verdadera esencia del sufrimiento, el verdadero significado del dolor. Sintió en carne viva una vez más los golpes, escuchó las palabras y resonaron en su mente mil y una voces. ¿Por qué aquel pavor irracional? No lograba comprenderlo, nunca había temido a Anthros en la vida, y ahora en la muerte, cuando ya lo había vencido, ¿le guardaba temor? Se sintió como un ratón atrapado entre en gato y una pared, diminuto e indefenso. Privado de su poder como estaba, privado del ilusionismo, privado de la capacidad de generar miedo, ¿Qué era él? ¿Quién era ahora que todo lo que sabía hacer no lo acompañaba? No tenía identidad, ya no era Kain Shaffënsthrer, no era el discípulo que, embriagado de poder y crueldad, había dado muerte a su maestro arrojándolo desde lo más alto de la torre.

Entonces recordó que no estaba solo. Nunca habría podido contra Anthros sin ayuda, pero no estaba solo en la ilusión, había otro atrapado con él, uno que lo necesitaba con vida. Vladimir no se habría arriesgado a dejarlo morir porque Kain era el único medio de escape que tenía. Sus ojos buscaron los de su compañero, ese que había dicho que lo llamaban el titiritero, pero en ellos encontró solo la satisfacción del fetichismo del voyeur, el placer del sociópata: el que disfruta observando y contemplando. Supo entonces que, todo lo que había creído, había resultado ser cierto: no podía confiar en Vladimir Lecour, ya fuera porque no era realmente él, o porque el tenía otros planes para salir de la ilusión. Quizá, en aquella turbación tras estallar el último de los critales, Vladimir había encontrado la respuesta al enigma, la salida de la ilusión, el final del laberinto y Kain no saldría con él, se quedaría eternamente con Anthros, condenado para la eternidad eternas veces, porque allí, donde el tiempo era distinto del tiempo normal, donde un milenio podía ser un segundo en la realidad, la eternidad era un tiempo muy largo. Dio un paso atrás de forma inconsciente, se sintió rodeado y completamente indefenso y tuvo, y desde hace mucho que no lo sentía, el anhelo incontenible de huir, de corre a cualquier lugar. Sus piernas, sin embargo, no respondieron y se quedaron donde estaban. Como un cordero indefenso, Kain estaba en un matadero: no tenía a donde correr porque lo rodeaba aún un foso de fuego y azufre y sangre. Su tumba iba a ser aquel lugar olvidado de la memoria de los dioses, ningún adagio cubriría su lápida, porque había solo una salida y Anthros se interponía en el camino a ella como una muralla infranqueable y sólida. El dolor de las piernas lo hizo bajar la mirada y descubrió la tela manchada de sangre, se vio de pronto perdiendo la vida a chorros por las venas, porque lo habían aferrado con fuerza: sus propias manos, sus propias garras. Dos habían surgido de la tierra y le habían aferrado los tobillos, el metal recubriendo la piel, como él mismo había visto mil veces en su propia carne, se había incrustado hasta el hueso. Varias más subían por las rodillas y lo sujetaban con fuerza, hincando las cuchillas en la carne y lacerando músculo y piel. Tirar no habría servido de nada, solo habría conseguido hacer más grande la herida y entonces, si llegaba a liberarse, no habría podido correr. Su vista regresó al brujo negro, al muerto y se clavó en él con temor. Iba a morir.

¿Sería caliente su sangre cuando estuviera derramada en el suelo? ¿Continuaría hablando su corazón después de haber dejado de latir? ¿Viviría eternamente su nombre? La hoz blandida por Anthros era, para Kain, el irremediable fin de su vida, el último viaje que le aguardaba. Era la muerte, la imagen de la parca, el ángel de la oscuridad y avanzaba hacia él dispuesto a segar su existencia. Shaffënsthrer se resigno, por primera vez en su vida, a morir. No tenía forma alguna de escapar, maldijo el momento en el que estrechó la mano de Vladimir, maldijo el momento en que lo conoció y decidió hundirlo en la ilusión y maldijo el día de su nacimiento, hijo pútrido de la diosa, había vivido una existencia carente de sentido que se había arrastrado lastimosamente hasta el final de sus días sin propósito alguno: no era nada. En el momento del final, cuando el filo se alzaba sobre la cabeza como el juicio definitivo, Kain fijó sus ojos en los de su maestro, amarillos como el ámbar escurriendo de la herida de la corteza, lo contemplaron con frialdad. ¡Cuánto rencor había en ellos! ¡Cuánto odio descubrió el ilusionista! Se sintió pequeño y diminuto ante el poder que blandían frente a él y, cuando golpe cayó, no cerró los ojos.

Pero no fue su cabeza la que rodó, sino la del propio Anthros, que se desprendió de los hombros y quedó suspendida en el aire dos segundos antes de caer como un fardo soltado desde el más alto de los edificios. El brillo del arma de Vladimir, la misma que Kain lo había alentado a tomar, había salvado la vida del ilusionista. Justo en el momento en que Shaffënsthrer había olvidado por completo a Lecour, cuando había abandonado toda esperanza, el titiritero regresaba y quitaba la guillotina que se cernía sobre él. Las manos que lo sujetaban cedieron y lo soltaron, desencajando de su carne el metal. Por primera vez Kain sintió que aquel lugar, aquel infierno que hedía a cuero, metal, fuego y azufre, lo había tocado hasta el fondo.

Los brazos regresaron a la tierra de la cual había emergido, el medallón que colgaba en el cuello de Anthros se partió en dos y Shaffënsthrer fue libre. Pero había salido de la sartén solo para caer al fuego, porque en el momento del final lo había comprendido todo: solo después de observar los ojos de Anthros había descubierto la identidad de su verdugo. Libre, pero inmóvil, sintió que el sudor frío le recorría la espalda. Una gota bajó por su sien y se deslizó hasta su oreja, un escalofrío y un temblor incontrolables se apoderaron de su ser, y el ilusionista se agitó en un estertor de pavor. Su respiración agitada y su pulso desbocado lo alentaban a huir, podía sentir la sangre fluyendo por sus pies, ordenándole que se marchara, pero sus ojos se desviaban sin poder él controlarlo hacia el cadáver tendido en el suelo.

Las palabras de Vladimir eran inútiles, Kain sabía la verdad, la había descubierto antes y no podía evitar mirar, no podía controlar su impulso, tenía que verlo, aunque lo empujara a la locura, aunque lo volviera un perdido, aunque su mente se perdiera en los confines de la demencia. Lo primero que reconoció fue el metal fundido en la carne, la cicatriz envolviendo las bisagras e incluso percibió el aroma de la segregación del pus: ácido sobre el metal, sangre impura y demoniaca. Era su pesadilla, su grito pávido de terror en la ilusión de Lecour: era él. Sus ojos se clavaron, sin poderlo evitar, en los del cadáver y reconoció su propio rostro. Sintió que se hundía en un torbellino vertiginoso de emociones: miedo, temor, locura, demencia, todo junto arremolinándose en su pecho. Su corazón se hincó y brincó sin control, presionando contra la caja torácica como si sus costillas fueran a romperse. Tal fue el horror de Kain, que su pecho crujió y pudo sentir como presionaba el esternón una fuerza invisible. Lo dominó aquel cosquilleo en la nuca, aquel que hacía tanto tiempo no sentía y se contempló a sí mismo arrojado sobre la piedra. Entonces todo el miedo se volvió real. Se sintió una vez más colgado de cabeza y se vio en medio de aquel salón, donde la oscuridad era total y solo podía adivinarse lo que había por el tintineo de las cadenas contra las paredes, los chillidos de las ratas y las cosas que Anthros movía en la oscuridad. Una y otra vez sus tobillos, atados a techo, punzaban de dolor mientras su cuerpo se balaceaba a uno y otro lado. Sentía la falta de aire y el exceso de sangre en la cabeza, el agua helada cuando lo bajaban y lo hundían en el barril de agua hasta la cintura una y otra y otra vez hasta llevarlo al límite de la resistencia: porque en eso consistía la tortura, en jugar con la presa, llevarla al límite a aquel terreno al cual se resiste a ir por sus medios naturales, jugar con sus funciones vitales, llevarla al pozo profundo de la agonía, el sufrimiento, el dolor, tenerla en el borde de la muerte y arrancarla de la agonía de golpe para impedirle ahogarse en su miseria: mantenerla viva, hacerla sufrir de verdad, demostrarle que su vida ya no le pertenece.
Kain había necesitado noches eternas de sufrimiento durante años para comprenderlo, para aprender que el dolor más potente no es el que se infringe sobre el cuerpo, sino el que recae en la mente, atraviesa el alma y cala en el espíritu, destruyendo el ser y perturbando la identidad. Recordó una vez más también, y de una forma tan vivaz que parecía que lo estuviera viviendo de nuevo, la primera vez que torturó a un hombre junto a su antiguo maestro. Los largos días y semanas de sufrimiento mental preparándolo para el castigo físico y finalmente como lo habían colgado del techo y habían utilizado el tronzador para cortarlo a la mitad, aserrando recto, genital, vientre y estómago hasta causarle la muerte. Recordó todo, y al recordarlo, además de verse a sí mismo allí, sobre la piedra fría, se vio en su mente.

Lo invadió una angustia terrible y sintió que hubiera sido preferible el morir sin descubrir la verdad.

- No – y dio un paso atrás sin poderlo evitar, un paso hacia la perdición y la aniquilación de su alma. La ilusión había conseguido su objetivo: nunca había pretendido magullar su cuerpo, su objetivo había sido siempre el espíritu y el alma de Kain estaba ahora herida de muerte: la ilusión había vencido, a la hora de enfentar el peor de sus miedos Kain había fracasado.

Contempló la carne hincharse, llenarse de ampollas y reventar, supurar más carne y transformarse. No hay palabras para describir el terror que se apoderó de Kain: dejó de ser él, corrió no porque Vladimir lo agarrara, sino que cuando el titiritero intentó cogerlo de la manga el ilusionista ya estaba lejos, huyendo despavorido hacia la salida y aullando de pavor y sus gritos resonaron en la caverna como los del más atormentado de los hombres. Sus pies lo llevaron sin tardar al segundo círculo donde tropezó con la piedra y cayó, rodando hasta quedar al centro de la piedra, allí se encogió en posición fetal, presionando con tal fuerza su cabeza que se arrancó el cabello y la piel cedió paso a la sangre. Y cuando Vladimir llegó la plataforma se puso en movimiento, pero ya era tarde, el daño estaba hecho y no había forma de repararlo.

No escuchó a Vladimir, ninguna de sus palabras. Ni siquiera se percató del sonido de su voz. Kain estaba inmerso en sí mismo, su consciencia se había replegado al más recóndito rincón de su mente y ahora era simplemente una bestia salvaje, un animal herido y dominado por la locura. Se estremecía en el suelo como si lo golpearan con el látigo del sufrimiento, se aferraba la cabeza con fuerza y tiraba de la carne, hendiendo las cuchillas en el cráneo y rasgando tejido y fibra. Si Vladimir creía que el peligro había quedado atrás, estaba muy equivocado, porque ahora, en aquella diminuta plataforma, encerrado solo con Kain, había caído en el verdadero infierno.

Shaffënsthrer se levantó de golpe, se incorporó con una energía que desbordaba por los poros y que casi contagiaba su locura. Primero paseó de un lugar a otro, con la mano diestra aferrando el cabello, tirando y arrancando y con la izquierda golpeando el aire como si intentara rasgar una ilusión que solo él podía ver. Volvió a caer al suelo y volvió a levantarse y se retorció hasta adquirir posiciones antinaturales. Finalmente, en el suelo, arrancó a tirones las cuerdas que sujetaban sus botas y las arrojó lejos. Los cordones cayeron de la plataforma que había comenzado a ascender, alejándolos del infierno y se hundieron en la penumbra, perdiéndose en el olvido. El ilusionista se quitó las botas una a una, con tirones y forcejeos desesperados. Las arrojó tan lejos como pudo, aullando de dolor y a cada uno de sus gritos se elevaban desde el foso respuestas de criaturas a las que jamás se había oído llorar, lanzando aullidos a la muerte y la oscuridad.

Con la misma energía misteriosa que se había apoderado de él, y como si fuera parte de una danza macabra, el ilusionista se arrancó los pantalones y los hizo jirones que apartó con manotazos, jalando la tela hasta reducirla a harapos y finalmente deshacerse de ella.  Ahogado por una mano invisible que le impedía respirar, se quitó el abrigo, enredándose con él y tropezando. Sus movimientos erráticos lo llevaban de un lado a otro de la plataforma, con las cuerdas vocales emitiendo sonidos estridentes que no parecían parte de la jerga humana.

Abrió la camisa de un solo golpe y los botones brincaron al suelo, esparciéndose con un tintineo escandaloso y, muy pronto, el ilusionista estuvo completamente desnudo. 

- ¡No puedo respirar! – Jadeó en un grito desgarrador volviéndose hacia Vladimir y su rostro estaba desencajado por la demencia: sus ojos desorbitados brillaban con un fulgor que parecía expandirse por todo su rostro, eran los ojos de un animal enjaulado, los ojos de un desquiciado, los ojos de un pervertido, de un demente, de un salvaje, los ojos de la locura.

Sus facciones se agitaban frenéticamente en espasmos ora de sufrimiento, ora de locura, ora de violencia y su boca eran las fauces de un animal enjaulado que se veía ahora libre, aquel era, verdaderamente, Shaffënsthrer

– ¡No puedo respirar!

Y su grito resonó a lo largo y ancho de la oscuridad cuando, ahogado por la locura, el ilusionista alzó la izquierda. El metal de la piel brilló a la luz, que provenía de ninguna parte, y el destello argénteo del hierro y el acerco se extinguió cuando las cuchillas, con un sonido terrible, se hundieron en el pecho de Kain. Con un grito de ultratumba, Kain empuñó la mano y arrancó carne y músculo del pecho, rasgó, cortó y mutiló, despejando el pecho y abriéndose camino hacia la libertad. Hendió metal y uñas en la carne, arrancando sin piedad hasta que el metal brilló en el pecho y relució: la placa de metal que cubría el corazón de Kain quedó al aire libre y el ilusionista se hincó en sus rodillas, golpeándola con furia una, dos, tres veces sin poder hacer mella en ella.

Alzó el rostro tan alto como pudo, rasgando la piel de la garganta en un intento de liberar su voz reprimida y su espíritu agitado y la bajó con furia para estrellarla contra el suelo. Volvió a incorporarse, sediento de sangre y se sintió tal como la primera vez: recordó el sabor de su padre, la sensación de sus carnes, el aroma de sus nervios, el gusto de su sangre y deseó más. Alzó una vez más la mano, temblorosa y excitada en un frenesí incontrolable e inmundo y la descargó sobre su pie, cortando el pulgar de cuajo. Lo cogió y se lo echó a la boca, masticándolo mientras se arrancaba tiras de carne de los brazos y entonces sus ojos, frenéticos, se clavaron en Vladimir.

- Lecour – masculló y su voz fue como el susurro del desvarío –. Lecour, ven aquí. Acompáñame: ¡corta, desgarra, azuza, hiere, mutila, trocea, volea, vapulea y estira! ¡Retuerce, estruja, aplasta, revienta, atiza, chasquea, devora, engulle, atragántate con mis carnes!, ¡devora mis ojos!, ¡arranca mi lengua!, ¡tritura mis oídos!, ¡revienta mis venas!. ¿A qué sabes, Lecour? ¡Sabes como mi padre! – Se agitó en un estremecimiento violento, arrancó un trozo de carne de la tetilla izquierda y espasmeó en un orgasmo violento. La evidencia estaba allí: por enfermizo que fuera, Kain lo disfrutaba – ¡Sabes a carne, metal, fuego y cuero! ¡Atraviésame con tu espada, Lecour! ¡Quiero verte hacerlo!

Como un demente liberado del manicomio, Kain se abalanzó sobre Vladimir y corrió directo hacia él dispuesto a destrozarlo. La sangre fluía desde su frente y empapaba su rostro, la carne expuesta a lo largo del cuerpo hervía al rojo vivo y Shaffënsthrer quería más. Quiso la fortuna, sin embargo, que en ese momento el ascenso de la plataforma se viera interrumpido por la llegada al destino. Los cimientos del mundo se cimbraron y Kain perdió el equilibrio y cayó al suelo, la luz se extinguió y se hizo la más terrible y profunda de las oscuridades, una oscuridad tan densa y profunda, tan espesa, que ni poniendo su mano frente a sus ojos Vladimir hubiera podido verla.

- ¡Lecour! – El aullido resonó en el aire y se esparció a lo largo del infinito – ¡Vladimir! ¡Muéstrate!

Un nuevo grito de locura y demencia se apoderó del lugar: el grito de un condenado, el lamento de un desquiciado. Solo un sonido pudo escucharse entonces en la oscuridad, el sonido del metal desgarrando la carne, el sonido del ajetreo y la respiración frenética de Kain hundiendo los dientes, mordiendo, engullendo y devorando sin masticar, sin saciarse, hambriento de sangre y ansioso de carne.

No había, para él, sabor más dulce que el de la carne humana en aquel momento y necesitaba, como fuera, destrozar, destazar y devorar. Por segundos solo pudo escucharse el sonido en la oscuridad, el sonido de Kain tragando aquí, allá. Cortando algo junto a Vladimir, tragando tras él, arrancando algo lejos, mordiendo con fuerza más cerca. Sus pasos erráticos y temblorosos resonaban en la oscuridad y se esparcía el aroma de su carne castigada. 

La oscuridad es amarga, el hombre ha temido siempre a la oscuridad, a lo que no puede ver ni controlar. A lo desconocido. Es un miedo natural que se arrastra desde la niñez y que es casi imposible de superar: la sensación de que hay algo allí. Kain no había temido nunca a la oscuridad, pero la mayoría de los hombres desperdician sus vidas guardándole temor. Kain se arrastraba en la oscuridad como una criatura maldita. El sonido de sus pasos, que se escuchaban en las cercanías como carne muerta arrastrándose sobre la piedra, no era nada comparado con el sonido de sus siseos y su respiración agitada, con el estridente ajetreo de sus dientes inquietos y el silbido de las cuchillas al entrechocar en la oscuridad. Una o dos veces pudo oírse con claridad como el ilusionista arrastraba la mano por el suelo, rasguñando la piedra con las cuchillas y produciendo diminutas chispas que iluminaban su rostro por momentos fugaces, entonces podían apreciarse durante fracciones de segundos los movimientos felinos de su cuerpo, sus actitud de depredador: el ilusionista se deslizaba a ras de suelo, como un arácnido en su telaraña, reptando, serpenteando. Como si fuera uno con la oscuridad se movía en ella como si fuera agua. Su rostro desencajado parecía desvelar una expresión distinta en cada momento en el cual se iluminaba y luego la penumbra, la tiniebla y el sonido del corazón latiendo, bombeando sangre para mantener vivo el miedo. Y todo era natural, porque el miedo era la respuesta a una situación desconocida de peligro. El miedo hacía fluir la sangre para que el cuerpo pudiera huir. Bombeaba directo hacia los pies para darles velocidad. Pero también estremecía los nervios e inmovilizaba, era una sensación tan poderosa que dominaba a los hombres que no estaban preparados para ella. Kain la había dominado hacia mucho, pero aún sentía miedo: miedo de sí mismo. Y era tan grande el miedo que se tenía a sí mismo que verse lo había llevado a la locura.

Todo fue noche y tiniebla hasta que pronto la luz se hizo nuevamente. Ajena a todo lo que ocurría, la ilusión seguía su curso, continuaba con su objetivo, atrapando ahora a Vladimir entre Kain y la pared, empujándolo a salir a la luz que caía con fuerza sobre un único punto: un enorme portón de madera y hierro. Pintado de rojo como la sangre, forjado con furia y salpicado de carne. La madera palpitaba con vida propia y en el marco, que estaba suspendido en ninguna parte, anclado en el vacío, había grabadas numerosas palabras en un idioma incomprensible. No había, sin embargo, forma alguna de confundirlo: aquella era la salida y entre Kain, Vladimir y ella, se interponía solo una persona.

Frente a la puerta, que se erguía en medio del vacío, había una persona. O más bien dicho, la imitación de una persona. Porque estaba construida en madera. Se mantenía en una posición de descanso al modo de los títeres cuando cuelgan de las cuerdas sin que nadie las controle, con la cabeza gacha y los brazos colgando cuan largos eran hasta tocar el suelo, la espalda encorvada y las piernas flexionadas. Se incorporó lentamente y dejó ver su rostro de madera pintado a la perfección, sus ropajes tejidos con la más cuidadosa de las delicadezas, la espada que sostenía firmemente en la mano diestra y las cuchillas, como las de Kain, que cubrían su mano izquierda. Era una copia exacta de Vladimir, sin ninguna falla, totalmente idéntico en cada microscópico detalle. Los hilos se movieron de forma violenta y lo hicieron dar un paso. Las cuerdas, que se extendían hacia el infinito arriba, colgaban de dos manos gigantescas que controlaban al muñeco y le daban vida. Allí, con su mirada frívola y desafiando la cordura, estaba Vladimir Lecour, el titiritero. De carne y hueso esta vez, aunque en un tamaño gigantesco: su cuerpo se alzaba desde la parte posterior de la puerta, de modo que solo era posible ver desde su torso hacia arriba. Sus manos, cada una del tamaño de una casa, manejaban numerosos hilos que daban vida al títere. Numerosas cuerdas más se extendían a los más recónditos lugares de aquel sitio endemoniado y en la lontananza podía advertirse el foso, el túnel y el salón en el cual habían comenzado, todos controlados por él. Aquel era el maestro de las marionetas, el amo de los títeres, el señor de la ilusión y Kain y Vladimir habían jugado su juego durante todo aquel tiempo.

La luz volvió a hacerse con más intensidad esta vez y descubrió la plataforma, en cuyo centro exacto se alzaba la puerta y el señor de las marionetas parecía estar fundido en ella, de modo que portón y monstruo eran uno. Alrededor de la plataforma se alzaban imponentes muros que daban la entrada a un gigantesco laberinto en el cual podía uno perderse hasta la eternidad, porque parecía no tener fin y el muñeco custodiaba la salida, espada en mano.

- ¡LECOUR! – resonó el aullido en la oscuridad. Kain corría y su cuerpo era ya casi carne al vivo, le faltaban algunos dedos en la diestra y la izquierda bañada de sangre brilló en el aire cuando brincó de forma casi sobrenatural para arrojarse sobre el muñeco con un salvajismo inusitado.

El metal se incrustó en la madera y el sonido fue como poesía. Las astillas saltaron y se esparcieron por el suelo y la mano de Kain, prendida de la madera, no pudo ser liberada cuando el ilusionista tiró con toda su fuerza. El títere se irguió una vez más, con Kain a cuestas sobre él y esgrimió la espada con fuerza. Con un movimiento raudo y veloz agitó la hoja y cortó la zurda de Kain desde la muñeca. El nigromante, viéndose privado de su mano, cayó al suelo y se irguió, corriendo directo hacia el laberinto.

- ¡Yo soy Kain Shaffënsthrer! – Bramó – ¡Soy el señor de las ilusiones! ¡Soy el señor de las ilusiones!

Los gritos de Kain se perdieron en la distancia cuando se internó en el laberinto, corriendo a todo lo que daban sus lastimadas piernas y se perdió entre las murallas. 

¿Qué hombre puede conocer la hora de su muerte? ¿Qué hombre, sabiendo la hora de su ocaso, no prepararía su vida en torno a ello? Saber el tiempo del final, ¿sería un regalo o un castigo cruel? ¿Tendría la vida un sentido distinto si se conociera el tiempo del final? ¿Se desperdiciarían los años llenos de soledad? ¿Se desperdiciaría la vida llena de vacío? ¿Se desperdiciaría el amor? ¿O el odio, la ira y el rencor consumirían el alma? En los ojos del señor de las marionetas Vladimir podía ahora descubrir el final. Había recorrido un camino de sufrimiento y agonía, había superado pruebas mortales, peligros letales y dolores insufribles solo para descubrir que su poder de convocación era el que se había adueñado de aquella ilusión. Él mismo era el señor de las marionetas, el señor de la ilusión. Se giró, torciendo la carne pegada al hierro y la madera y se volvió hacia el diminuto Lecour. El muñeco se giró hacia su único adversario y blandió la espada. La mano de Kain, relegada al olvido en el suelo, era ahora muda testigo del final de los días de Lecour: Vladimir iba a morir.

Corriendo sin sentido, sin orientación, sin propósito y sin norte, Kain se estrelló contra una de las paredes. Su mano amputada quedó presionada entre el muro de granito y su cuerpo. Sintió como el dolor recorría cada uno de los nervios de su cuerpo y cayó sobre sus rodillas. El dolor fue tan intenso que lo hizo detenerse. Se levantó para seguir avanzando con pasos erráticos, sujetando ahora la extremidad amputada y sintiéndose en el límite de sus fuerzas.

¿Quién era? Ya no corría, solo avanzaba con pasos lentos y pausados, uno tras otro, cada uno más tembloroso que el anterior. Se repetía incansablemente su nombre y, de vez en vez, podían escucharse sus aullidos mientras vagaba por el laberinto, finalmente, se apagaron y se hizo el silencio.

Usando la diestra para apoyarse en las paredes mientras se arrastraba por el laberinto, sentía que la vida se le escapaba a chorros a través de sus heridas. Su piel blanca y nívea por naturaleza era ahora de un color enfermizo pálido, se sentía desvalido y agónico. Poco a poco, a cada nuevo paso, iba recobrando lo poco de cordura que le quedaba.

¿Cómo había llegado allí? ¿Dónde estaba Vladimir? Se volteó solo para encontrar el rastro de sus propios pasos y poco a fue recordándolo todo: un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza cuando rememoró su propio cadáver arrojado sobre la piedra.

Ahora por fin había descubierto la verdad: Vladimir era el que manejaba la ilusión, de forma inconsciente claro, no creía que tuviera potestad total sobre ella. Lo demostraba el hecho de que su propia imagen estaba unida en carne a la salida, que su ser la custodiaba y sus manos la manejaban por medio de los hilos. Si querían salir tenían que destruir al señor de las marionetas. No iba a morir allí, saldría y sería libre, aunque fuera lo último que hiciera en su miserable vida, no quedaría relegado al olvido en aquella falacia.

Se volvió y encaminó sus pasos de regreso. Poco a poco fue cobrando fuerzas de su propio impulso de sobrevivir y hecho a correr. 

El silencio se hizo en su totalidad. El enorme señor de las marionetas alzó las manos y movió a su títere, haciéndolo avanzar hacia Lecour y, cuando estuvo a distancia suficiente, lanzó numerosos golpes con la firme determinación de matarlo. El rostro del señor de las marionetas, idéntico al de Vladimir, estaba erguido de frialdad y crueldad. Listo para cumplir su voluntad a cualquier precio, alzó la espada una vez más. Pero Kain lo impidió, porque había recobrado la poca cordura que le quedaba y había regresado siguiendo los rastros de su propia sangre, había corrido tan rápido como se lo permitía su maltratado cuerpo y se había arrojado sobre la marioneta, aferrándola con fuerza por la espalda y enredando sus brazos contra las cuerdas. Envolvió al títere con brazos y piernas y se esforzó por inmovilizarlo y sus ojos, profundamente brillantes, se clavaron en los de Vladimir.

- ¡Ahora Vladimir! – Apremió – ¡Termínalo! ¡Mátalo!

Kain sujetó con todas sus fuerzas, oprimiendo cuerdas, cuerpo y madera, consciente de que el hecho de que Vladimir hundiera su espada en el muñeco de madera significaba también, por lógica, que lo atravesara a él. Pero estaba dispuesto a todo con tal de librarse de aquel lugar de pesadilla, de abrir la puerta de la celda y salir al exterior aunque fuera solo para morir.

Acto IX

¿Qué es realmente la locura? ¿La desesperación, la amargura y el desasosiego son caras de la locura, o simplemente compañeros que nunca se separan de ella? Kain recordaba haberlo sabido en algún momento, pero ahora no estaba seguro de si la respuesta seguía siendo la misma. Para él resultaba evidente que después de haber estado allí, en un lugar ficticio creado por su propia mente, la locura era un concepto que necesitaba ser redefinido.

Nunca se había considerado a sí mismo un loco, pero ahora ya no estaba tan seguro de ello. ¿Cómo sabía que estaba realmente cuerdo? ¿Estaba él loco o el loco era el mundo? Y si los locos eran los demás ¿Quién habría mantenido cordura suficiente como para revelarle que él seguía con juicio?

Shaffënsthrer comenzaba a negarse los fundamentos más profundos de su propio ser, algo que no sorprendía después de todo lo que había ocurrido en aquella ilusión de pesadilla: ¿Era su naturaleza realmente el reflejo de su alma o simplemente un estado de frenesí constante ante la falta de cordura?

Esperaba encontrar la respuesta en su mente antes de hallarla en los ojos de Vladimir, aunque, cuando lo vio alzar la espada supo inmediatamente que, desde aquel momento, cada vez que pensara en la locura regresaría a él siempre la imagen del titiritero. 

El tiempo pareció detenerse para Kain, en aquel momento sintió que dejaba de ser. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Dónde estaba? ¿Dónde era allí? No lograba comprender como era que cada una de sus decisiones, ya fueran grandes o pequeñas, cada una de ellas, lo habían llevado hasta allí: abrazando un muñeco de madera, a punto de ser atravesado de lado a lado con él.

Era posible que de alguna manera, dentro de aquella ilusión hubiera encontrado una parte de sí mismo a la que jamás había prestado atención: la que escuchaba a los temores, la que ponía atención a los miedos. Se aferró con los brazos al muñeco, pasándolos por debajo de los brazos para inmovilizarlo y agarrándolo con las piernas con toda la fuerza que le quedaba. Su mirada se torció muy brevemente y contempló, muy a lo lejos, más allá del laberinto, el salón en el cual habían comenzado toda aquella pesadilla. ¿Sería ese el infierno? ¿El suyo y el de Lecour? No lo creía, Kain estaba seguro de que el infierno debía de ser mil veces peor, pero ahora podía afirmar a ciencia cierta que al menos había dado una mirada superficial a lo que podía llegar a ser el infierno.

Sus ojos se clavaron fijamente por tres segundos en aquel salón de piedra oscuro. Una vez más, como ocurriera al comienzo de todo, las sombras se elevaban desde el centro con un sonido terrible que ahora no podía escucharse por la distancia. La puerta permanecía cerrada y ahora jamás volvería abrirse, porque había sido creada solo para ellos y había cumplido su propósito. Un poco más allá, en la distancia, pudo contemplar como entre una niebla difusa el túnel al que habían llegado. La cruz estaba ahora totalmente vacía y los forúnculos habían regresado a sus lugares de reposo. Brevemente, de vez en cuando, alguno se estremecía, seguramente por la satisfacción que había brindado a su estómago momentos atrás. Ninguno de ellos volvería a despertar nunca. Nadie jamás vería la cruz vacía manchada de sangre, colgando con cadenas desde la oscuridad perenne, porque nadie nunca llegaría a aquel lugar.

¿Había realmente vida en aquellas criaturas? ¿O era su estado un simple capricho de la ilusión? Ahora si había caído en un problema fundamental. Creía hasta ese momento Kain que la vida era solo un estado temporal, un capricho de la Diosa o de la materia para mantener la carne fresca, que su origen era puramente biológico. Ahora, sin embargo, se enfrentaba a un dilema terrible. Puesto que los forúnculos habían sido creados por la ilusión para ellos había supuesto que no poseían realmente vida propia, sino más bien que eran elementos mentales impuestos por la fuerza a su cerebro mediante los cuales procuraban hacerle daño. La duda que saltaba a su mente era ahora: si ya habían ellos superado esa parte de la ilusión, ¿qué sentido tenía mantener la ilusión en funcionamiento? ¿Por qué los forúnculos habían continuado moviéndose aún después de que su existencia en la ilusión no tuviera ya sentido? Aún más, ¿Por qué las sombras que emergían lastimeramente del suelo en el primer salón continuaban haciéndolo? Una y otra y otra vez emergían desde la nada y desaparecían en el techo. De la misma forma, los espectros continuaban pululando en el volcán donde se habían encontrado al Kain futuro de la ilusión. No quiso ni siquiera poner atención a aquel sitio, por temor a ver de nuevo a su propio némesis y ceder nuevamente a la locura. ¿Qué mantenía a aquellos esperpentos funcionando si ya no había propósito alguno en ellos? Entre las preguntas y misterios que rondaban su cabeza el codo de la marioneta se encajó en su rostro y lo obligó a cerrar uno de los ojos.

Shaffënsthrer sintió como la sangre fluía a través de la zona golpeada justo antes de que unas gotas de sangre cayeran sobre el ojo contrario. Había sido obligado a cerrar ambos ojos y ahora estaba totalmente ciego, no podía ver nada y sabía que se avecinaba el golpe mortal. Estando en la oscuridad se sintió perdido. Estando en la oscuridad se sintió, realmente, solo. ¿Dónde estaba la diosa ahora? ¿Dónde había quedado aquel sentimiento que jamás había permitido que lo invadiera el desasosiego? Kain llegó a la conclusión de que, sencilla, lisa y llanamente, había caído en la locura. Había enloquecido, lo que no le sorprendía puesto que había estado compartiendo demasiado tiempo con el titiritero. Solo aquel demente, solo aquel desquiciado podía conseguir que su ser se partiera en dos y una de sus mitades intentara matarlos a ambos. Ahora estaban a punto de salir, o eso suponía, pero de todas formas no quería bajo ningún concepto suponer eso. Sabía que había enloquecido por una buena razón: por lo que pensaba.

No supo cuando había comenzado a albergar aquella idea ridícula en su mente, pero allí se encontró de pronto pensándolo. ¿Cuándo había comenzado a albergar aquella ridícula idea en su cabeza? Apretó con más fuerza al muñeco de madera solo por lo torpe del pensamiento. Las sombras negras del cuarto, los forúnculos, los espectros, todos seguían allí porque albergaban, aunque fuera un poco, vida. No era posible, puesto que eran producto de la ilusión y por tanto no eran reales, lo que significaba que no podía haber rastro alguno de vida en ellos. ¿Por qué seguían allí entonces? Kain había trabajado toda su vida con ilusiones y nunca se había preocupado por temas de aquella índole. Sabía que no había vida alguna en las ilusiones. Sin embargo, seguían allí aún cuando no había propósito alguno para ellas. ¿Era por qué realmente había vida en ellas? ¿Era porque los hilos que el titiritero sostenía no se cortarían hasta que la ilusión en conjunto se hubiera desvanecido? La idea de fondo podía no tener mucha importancia, pero si resultaba ser cierto lo que comenzaba a pensar entonces significaba que al matarse Vladimir a sí mismo, estaba también liquidando parte de sí. Pensó en advertírselo, pero guardó silencio en tanto que era, en ese caso, la destrucción de Vladimir lo que garantizaba su salida de aquel lugar de pesadilla. Solo le quedaba una tarea pendiente: recibir el golpe mortal y sobrevivir hasta que la ilusión terminara de desvanecerse, solo eso garantizaría su libertad. Pero el golpe jamás llegó y cuando llegó no lo sintió atravesar su pecho, su estómago ni ninguna de las partes de su cuerpo.

En lugar de eso pudo escuchar cómo la espada cercenaba la cabeza de la marioneta y cómo esta rodaba por la piedra hasta alejarse y detenerse invadiéndolo todo ahora con un silencio terrible. Kain mantenía aún los ojos cerrados. ¿Había terminado todo ya? ¿Eran libres? ¿Se encontraban una vez más en medio de aquella aldea olvidada en la nada, en medio de un bosque? ¿O continuaban en la ilusión? ¿Se habrían equivocado en el camino? Tal vez el objetivo final de la ilusión no era matar a la copia del titiritero, en cuyo caso eso significaba que seguirían cautivos allí para toda la eternidad. No se atrevió a abrir los ojos para observar el resultado, no quiso descubrir que era lo que les tenía deparado el final del camino y en medio de la oscuridad, con un ojo vejado y el otro ensangrentado, escuchó la voz de Vladimir que era como la sentencia de un verdugo: se despedía.

La despedida de Lecour fue para Kain como si terminara una pesadilla terrible y comenzara un infierno en carne, pues creyó por unos instantes que había ocurrido algo horrible y ambos pagarían el precio, pero sintió de pronto que su cuerpo se elevaba y que su espíritu turbado se agitaba.

Entonces abrió los ojos y lo vio. Boca arriba, rojizo pues la sangre se había esparcido sobre sus ojos, y con el aire lleno del polvo de Vladimir, el titiritero se estremecía y se retorcía. Su torso se contraía y convulsionaba, pues el portal a sus pies se había abierto de par en par y tiraba de la materia, desintegrándolo y destruyéndolo. Las manos, que soltaron los hilos, se sujetaron del marco del enorme portón y luego fueron absorbidas, al igual que el rostro y la cabeza que el portal absorbió como si fueran de papel. Lo último en desintegrarse fue el torso del titiritero, del cual emanaron las vísceras y entre ellas Kain atravesó la puerta hacia la luz.

Lo último que recordó fue el aroma de los intestinos del titiritero y el sabor de la sangre en sus labios.

Cuando se supo en la realidad aún su visión estaba entintada de rojo y, casi al mismo tiempo que Vladimir, apartó su mano y ambos se separaron. Le pareció percibir un gesto mediante el cual Lecour guardaba algo, pero no prestó atención a ello porque lo primero que hizo fue, casi al mismo tiempo que el titiritero, apartar la mano y dar un paso atrás.

¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que se habían dado la mano? ¿Dos segundos? ¿Tres? ¿Un año?

No dijo nada mientras el titiritero comenzaba a alejarse y no conprendió el rictus de silencio que rodeaba a Vladimir, lo observó y no tuvo temple para detenerlo. Suponía que esa actitud era en realidad una mera fachada, era imposible que hubiera salido indemne de todo aquello, el daño recibido tenía que haber hecho mella en su mente tanto como en la del propio Kain.

El único pensamiento que rondaba ahora en la mente de Shaffënsthrer era alejarse, huir tanto como fuera posible de aquel lugar y de aquel hombre, no quería volver a verlo jamás, de modo que tornó la espalda a la silueta que se alejaba y comenzó a distanciarse a paso lento primero, luego rápido, al trote y finalmente corriendo tanto como podía.

Aquel día, Kain había conocido el miedo, el peor de los miedos.

Epílogo

Despertó al frío de la noche.

Aún ahora, en las frías veladas a la intemperie, cuando soñaba con aquel día infernal, le parecía que el crudo despertar era en realidad solo una continuación del infierno y lo invadía aquella angustía. La sensación de que en realidad nunca había abandonado la ilusión.

Claro, ahora sabía la verdad. Dos años tras estrechar la mano de Vladimir había descubierto que la espada era la clave y que era aquello lo que el titiritero había escondido al salir ambos de la ilusión.

Vladimir la había arrastrado fuera de la ilusión.

Extendió sobre el suelo, a la luz de la hoguera, un mapa trazado sobre un trozo de cuero y sonrió. Resultaba increíble pensar en las cosas que habían ocurrido, y aún más increíble pensar en las que sucederían.
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Re: Kain Shaffënsthrer

Mensaje por Kinvara el Sáb 31 Ene 2015, 11:13 pm

Bueno todavía no empiezo a leer, pero la descripción física tiene que ser forzosamente como indicamos en la ficha, y la imagen es obligatoria.
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Re: Kain Shaffënsthrer

Mensaje por Kain Shaffënsthrer el Sáb 31 Ene 2015, 11:14 pm

Perfecto, añadiré los apartados y agregaré la imagen, pero no retiraré la descripción que he puesto y la dejaré como algo adicional, espero que no moleste.
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Re: Kain Shaffënsthrer

Mensaje por Kinvara el Sáb 31 Ene 2015, 11:45 pm

Ficha aprobada y cerrada
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Re: Kain Shaffënsthrer

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